Volviendo a casa: Hong Kong-Zaragoza. Parte I China (Hong Kong, Yunnan, Sichuan)

Todo empezó en aquel ático de Hong Kong. Veía pasar las luces de los aviones sobre mi cabeza y pensaba cómo volver a casa si un día esos aparatos dejaban de volar. Me gustó la idea y empecé a darle vueltas. Pensé que cuando dejara la ciudad volvería a casa tal y como vine, con una mochila pero, esta vez, por tierra. Y aquí estoy…

Creo que la felicidad de un plan no debería estar supeditada a la consecución del objetivo final. La felicidad no es el destino, es el camino. Digo esto porque este viaje acabará cuando acabe, idealmente en Zaragoza, pero si la motivación del mismo desaparece no dudaré en cortarlo, sumergirme en uno de esos agujeros negros en forma de aeropuerto, y volver a casa.

De momento escribo desde Xian, uno de las paradas claves del viaje y punto de inflexión del mismo. Esta ciudad divide la ruta china en dos partes muy diferenciadas. La primera, desde Hong Kong hasta aquí a través de Yunnan y Sichuan, más paisajística, más dura, más tibetana, de carreteras sin asfaltar, poblaciones a más de 4.000 metros de altura y fresquito. A partir de aquí el camino se vuelve más histórico, más desértico, como de ruta de seda, un tanto musulmán, con conflictos territoriales y calorcito.

Pero como siempre una imagen vale más que mil palabras, he aquí un mapa con la ruta realizada hasta ahora desde Hong Kong…

…otra de lo que me queda de China…

…y de la ruta entera en su parte china

Después, si sigo con fuerza y la economía me respeta, vendrá Asia Central, zona de orografía y burocracia difíciles. Veremos cómo estoy para entonces porque allí las montañas son muy altas y conseguir algunos visados es tan difícil como escalar una de ellas.

HONG KONG, YUNNAN, SICHUAN

Abandoné definitivamente Hong Kong en noviembre de 2017. Como esta ruta es muy complicada hacerla en invierno decidí comprar un billete con vuelta para abril. Sonreí mientras embarcaba en el avión de Madrid mientras pensaba que marcharme era empezar a volver. Aterricé en Hong Kong y enseguida me entró una mezcla de tristeza y hastío que desaparecieron en cuanto recordé que sólo estaba allí para visitar amigos muy queridos y conseguir una visa multientrada para China. La visa fue mucho más fácil de conseguir de lo esperado. Lo de los amigos fue mucho más difícil y no pude verlos a todos. Pido perdón para los que no tuve tiempo. Fueron días de paseos, abrazos y cenas, de buenos deseos y de algún día nos volveremos a ver. Llevaré siempre esta ciudad y a su gente en mi corazón.

Crucé la frontera a la China continental en Shenzhen entre una algarabía enorme de niños que estudian en Hong Kong pero viven al otro lado. Las fronteras suelen ser un lugar serio y gris, de uniformes y formularios, así que me encantó rellenar el mío entre risas y juegos. Lo tomé como un buen augurio.

Me costó encontrar el hotel. Cuando lo hice fui directo a recoger el billete de tren que había reservado por internet y cené cerca de la estación. Al día siguiente muy a primera hora salí hacia Kunming, la capital de Yunnan. Había visitado la ciudad en septiembre del año 2016 camino a Dali, más al norte. Esta vez hice el mismo recorrido. Permanecí tres noches en Kunming y visité a mi amigo Chris, al que conocí en aquellos meses de voluntariado en India y del que ya os he hablado alguna vez. Después tomé el tren a Dali y me volví a alojar en el albergue en el que pasé dos semanas mientras intentaba estudiar mandarín. Es un gran lugar para empezar el libro que voy a escribir durante este viaje y del que ya os contaré.

En Dali me encantó volver a ver a mi pequeña y joven profesora, mi querida Susanita, que es un absoluto amor de simpatía y amabilidad, que me invitó a cenar “porque eso es lo que hace un profesor con su estudiante” y que se alegró mucho de volver a verme. Y yo mucho más de volverla a ver a ella.

Y después empezó lo desconocido. El corto viaje a Shangri-la duró menos de cinco horas. Divido los desplazamientos en cortos sin son menos de cinco horas, o largos si son más. La ciudad está a unos 3.200 metros de altura y se respira distinto. Le cambiaron el nombre por una película de los años 30 que recomiendo encarecidamente (Horizontes perdidos) y conseguir así más turistas. Cosas del marketing. Me gustó a medias. Con algunos templos muy bonitos…

… y algún paseo nocturno que otro con películas patrióticas de sombra comunista.

Me gustó especialmente el templo de los 100 pollos, porque me encantan estos animalitos y porque allí campan a sus anchas. Estuve tan solo dentro que hasta pude ver una ratita que me hizo compañía mientras estuve sentado pensando junto a las velas

Me desvié a la capital del condado, a Deqen, para hacer una excursión que siempre había querido hacer. Es un pueblecito perdido a escasos 40 ó 50 kilómetros de la frontera política del Tíbet pero que tiene toda su esencia. Lo que me gusta es que sólo se puede llegar a él después de una caminata de unas cinco horas. Nada de coches, ni ruidos, ni calles asfaltadas. Y durante los días que estuve allí tuve la inmensa suerte de hacer un grupo de amigos maravillosos que me mimaron como nunca. De hecho todavía hoy estamos en contacto mediante un grupo de Wechat. Los echo mucho de menos, especialmente a la hora de las comidas, cuando era un verdadero espectáculo comenzar nuestra guerra de palillos que tanta gracia les hacía cuando les imitaba. Os quiero mucho Familia, y os veo pronto en España.

Vuelta a Shangri-la y allí despedida y viaje nostálgico y largo de ocho horas por carretera sin asfaltar a Daocheng, ya en la provincia de Sichuan. Allí, en el parque nacional de Yading, también tuve oportunidad de caminar entre montañas, esta vez solo. Fue fantástico verse ahí arriba sin nadie alrededor, a 4.800 metros de altura entre montañas de 6.000, lejos de todo y con la cabeza llena de recuerdos pasados y planes futuros. Un gran momento…

Viaje largo a Litang de 6 horas. Es un lugar sagrado. Aquí nació el séptimo Lama. Está situado a 4.014 metros de altitud, 400 más que Lhasa, y me costó mucho dormir por las noches cuando la respiración se hace más profunda. Tenía un poco taponada la nariz y tuve que respirar por la nariz y por la boca, lo que no es precisamente cómodo. Eso sí, como me sentía bastante en forma, durante el día me subía a unas colinas cercanas y me sentaba a ver el pueblecito y a comer chocolate y a beber té.

Y cuando me harté de la mantequilla de yak, y del té con leche de yak, y de los yak mismos…

…me cogí una furgonetilla y, después de un larguísimo viaje de doce horas llegué a Chengdu, la capital de Sichuan, con unos 14 millones de almas. Allí conocí a Patxi, de Pamplona, y nos hicimos muy amigos. Gracias a él me dieron una estupenda noticia: podían extender mi permiso de residencia en China otros 30 días sin necesidad de dejar el país y manteniendo mi visa multientrada. Tuve que permanecer en la ciudad nueve días pero no me importó lo más mínimo. Aproveché para visitar en Luzhou a Amy, una de mis amigas de la Familia que me alojó amablemente en su casa durante tres días (es ese trayecto que sale desde Chengdu hacia el sur en el mapa) Me presentó a muchos de sus amigos y me introdujo en la maravillosa gastronomía de Sichuan, una de las más famosas (y picantes) del país. La espera en Chengdu también se hizo corta. Hice un curso de cocina a medida en el que me enseñaron a cocinar mis dos platos favoritos chinos. También Patxi se encargó de amenizar la espera con muchas risas y café, que yo no tomo casi nunca, pero que con él es imposible no hacerlo.

Y llegó el día, y me dieron la extensión, y me compré el billete, y me marché a Xian. Y yo os lo cuento y espero volver a hacerlo dentro de menos de un mes, cuando tenga que dejar China con toda mi pena y ver si sigo de viaje. Ya veremos 😉

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Más Tolstoi, porque nunca es tarde para aprender a montar en bicicleta

Al día siguiente me desperté tarde, como de costumbre cuando viajo. Me quedé un ratito en la cama para paladear el recuerdo de la noche anterior y, cuando el hambre venció a la pereza, me marché de nuevo a la plaza Roja. Ni qué decir tiene que las sensaciones fueron muy distintas. Primero añadí Lenin a mi colección de momias célebres, menos impactante no obstante que las de los dos dictadores norcoreanos, pero mucho más influyente en el devenir del siglo XX. Me quedé tan pasmado viendo esa pequeña figura que uno de los guardias tuvo que venir a darme una nada amistosa palmadita en la la espalda para pedirme que circulara. Circulé y volví a mi querida catedral que, como tantas otras cosas bellas, lucía menos bella por la mañana que la noche anterior…

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Me gustó muchísimo por dentro y, como es pequeñita, pude escuchar un coro muy bonito en la primera planta mientras yo paseaba risueño por la segunda. Al acabar me fui al interior del Kremlin. Allí tenía una cita en la Catedral del Arcángel con Teodoro III, mi Zar favorito. Como tuvo una infancia de salud delicada mostró desde niño más inclinación al arte y a las letras que a las batallitas. Murió a los veinte años y reinó cinco. Sacad cuentas. Fui directo a su tumba. No había nadie en ella porque la mayoría de la gente suele preferir las tumbas de los ivanes terribles de este mundo. Os dejo un documental sobre su vida. Y si os veis toda esta estupenda serie mejoraréis vuestro inglés y aprenderéis mucho sobre los Romanov y sus más de 304 años de dinastía. Ah, esa corona que veis en el enlace del vídeo se puede ver en el Kremlin, tiene 4.936 diamantes y la usaban los zares para… bueno, mejor veis la serie 😉

Cuando acabé con el Kremlin me dirigí a uno de los lugares más deseados de mi visita a Moscú: la casa de Tolstoi. La más conocida y hoy convertida en museo es la de Yasnaya Polyana, a unos 200 km de Moscú. Ante la insistencia de su esposa Sofía, mi buen amigo compró esta casita y toda la familia venía a pasar en ella los inviernos. Me hizo tanta ilusión verla… Cuando llegué ya anochecía y no había nadie. Caída del día, invierno de Moscú, y llegada a la casa de Tolstoi. Gran momento…

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No me dio la impresión de que fuera un lugar muy visitado. Eso sí, constaba de nada más y nada menos que seis señoras bien entradas en años que se encargaban de la atención al visitante. Les dije con los ojos que era feliz y me miraron divertidas. Me calcé sendas fundas para mis botas y me deslicé en soledad por cada rincón de la casa. Antes de enseñárosla me gustaría que le tomarais cariño al personaje. Tranquilos, no me voy a enrollar. A veces, pocas, sólo hace falta una pequeña anécdota para conocer y querer a una persona: Leo aprendió a montar en bicicleta a los 67 años. El autor de Guerra y Paz, de Anna Karenina, consejero de Gandhi y celebridad mundial… tambaleándose divertido encima de una bici fabricada por él mismo. Ya os cae un poco mejor, seguro 😉

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Es ese del rincón, el de la barba más blanca que nunca. Ahí jugaba al ajedrez con su amigo Gorky. Y aquí debajo su escritorio. Me apoyé en la puerta y estuve mirando esa mesa un buen rato, hasta que una de las seis fantásticas me gritó desde la cocina que iban a cerrar…

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Ya era de noche. Aún me di una vueltecita por el jardín. Después le di las gracias a mi ciclista favorito y me marché por donde había venido. Todavía me quedaba otro gran momento aquel día.

A las nueve de esa noche había quedado con Katerina, muchacha que conocí en internet y que se ofreció amablemente a enseñarme la ciudad. Por si no había tenido suficiente literatura aquel día me ofreció quedar en el monumento a Pushkin. Nada que empiece con Pushkin puede ir mal, así que diez minutos antes de la hora acordada yo sonreía mirando esto…

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…hasta que escuché un “hola” detrás de mí que me hizo girar más sonriente todavía. Deleitado ante tanta belleza acerté a decir un “has venido”, a lo que cómplice contestó “no podía perderme a un español que vive en Hong Kong” Se lo agradecí porque se la veía un poquito enferma. “No es nada, no es nada. ¿Te gusta fumar shisha?” Me pareció muy literario conversar con la literaria Katerina entre nubes de anécdotas, así que complacido accedí. Comenzamos el paseo y dejamos atrás a Pushkin, al que me pareció verle la misma sonrisa que al guardia de la plaza Roja la noche anterior. Abandonamos la avenida principal y nos sumergimos en un laberinto de callejuelas hasta que llegamos a un lúgubre portal digno del mejor Dickens. Katerina llamó a la puerta sin mirarme y mi gran imaginación para la tragedia me aseguró que de ahí iban a salir dos rusos de dos metros de alto por dos de ancho para hacerse cargo de mis dos riñones mientras mi acompañante y sus dos colmillos brillaban sonrientes de placer. Pero la puerta se abrió y, un pasillito y medio más tarde, yo me hallaba en modo persa inhalando y exhalando recuerdos en una especie de Chicago de los años veinte…

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Conversamos y conversamos, y cuando parecía que nos cansábamos de conversar, fumábamos un poco más y seguíamos conversando. El humo barnizaba el momento de sueño y mística. Dos shishas después nos volvimos a sumergir en las esta vez más que nunca oníricas calles de Moscú. Dos largos abrazos y ella y su enfermedad se sumergieron en el metro tal vez para siempre, y yo me fui a seguir paseando. Y volví a pasar a despedirme del señor Pushkin y a darle las gracias. Había sido un gran día y a la mañana siguiente me esperaba un melancólico viaje en tren a San Petesburgo a través de la estepa nevada. Allí me esperaba otra Katerina, un poco más grande, con su palacio, sus ratones,  su colección de arte, y un monje medio loco con nombre de hit musical…

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Rusia, la culpa fue de Tolstoi

Llevaba ya mucho tiempo queriendo volver a escribir sobre mis viajes, pero esta ciudad y vuestra pequeña escuela me tienen absorbido a la par que absorto. Y, aunque no vaya a ser en directo como en anteriores ocasiones, no quiero perder la oportunidad de recontarme y contaros cómo fueron aquellos cortos e intensos días en Rusia. Quién sabe si encontraré algún otro día tiempo para contaros cosas sobre Filipinas, Taiwan, Shanghai o Yunnan, que son viajes que tengo en la nevera. Ya veremos…

La culpa fue de Tolstoi. Y de Aeroflot. Pero más de Tolstoi. Y de Superman. A ver cómo lo explico. A finales de los conflictivos 70 ya era el niño apasionado para con las cosas que ama que soy ahora, así que, a día de hoy, Superman es la primera y la última película que he visto tres veces en el cine. Me gustaba la música, y aquella ciudad, y ese helicóptero a punto de caer. Pero sobre todo me resultaba especialmente simpático aquel villano y su biblioteca subterránea de ensueño. Me hacían mucha gracia las muecas y suspiros de hastío por la torpeza de sus compinches. Y ahí fue la primera vez que escuché aquel título: “Algunas personas pueden leer Guerra y Paz y pensar que es solo una novela de aventuras. Otras pueden leer el envoltorio de un chicle y descifrar los secretos del universo”

Pasé todo el año 2015 sacando adelante la academia y adaptándome a Hong Kong. Fueron unos meses intensos y maravillosos, puede que algún día os lo cuente. Y por la noche, nada mejor para relajarse que dedicándole un ratito al mejor libro de autoayuda del mundo, como algunos lo han definido. Mitad casualidad, mitad cabezonería del Don Efemérides que os escribe, lo terminé una mañana de Navidad en un hostel de Manila (también os contaré ese viaje). Y como Aeroflot suele ser la aerolínea más barata que vuela a España desde Hong Kong, decidí conseguir un visado y prolongar la típica escala en Moscú a seis días. No os voy a recomendar el libro. Su extensión lo hace un tanto intimidante. Además, los libros son como las montañas: son ellos los que te eligen a ti.

La llegada a Moscú resultó muy emocionante. Fue a principios de febrero, pero hacía menos frío del que yo hubiera deseado. Una semana antes las temperaturas eran de -20˚C pero la ciudad me recibió con unos decepcionantes -7˚C. Me costó mucho encontrar el hostel porque no tenía ningún tipo de letrero, así que se me hizo muy tarde. Pasadas las once de la noche salí de nuevo a la calle y me dirigí a la plaza Roja. Antes de llegar a una de sus entradas vi desde unos 30 metros cómo un fornido guardia impedía la entrada a dos turistas asiáticos, así que me temí lo peor y me fui preparando la actuación. Efectivamente, el guardia me cortó el paso nada más ponerme a su lado y yo comencé mi drama: que si mi vuelo salía a la mañana siguiente, que si el sueño de mi vida era ver esa plaza, que si mi padre vivió exiliado en Moscú, que si Tolstoi, que si Chejov… Creo que se me llegaron a poner los ojos rojos y todo, aunque igual era del frío. El hecho es que 30 segundos de patético monólogo después veo como el guardia mira a izquierda y derecha y, muy serio y sin siquiera mirarme, me hace un gesto con su mano derecha de que pasara. “Fast”.

Tres “espasivas” y cuatro o cinco inclinaciones de cabeza y tronco y allí estaba, nada más y nada menos que en la plaza Roja. Vacía, fría, nocturna y toda para mí. Hay algunos momentos en los viajes que se te quedan muy dentro. Me vienen a la cabeza la primera visión del Taj Mahal o del skyline de Nueva York. Y este, sin lugar a dudas, será uno de ellos: subí aquella cuestecita y allí a lo lejos estaba, la catedral de San Basilio con sus cúpulas de caramelo.

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Ni siquiera me di cuenta de la tumba de Lenin a la derecha de tan absorto que estaba. Reduje mi paso como si no quisiera llegar nunca y allí me quedé mirándola. Ni siquiera el frío podía hacerme pestañear…

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Creo que fue el ruido del siempre melancólico camión de la basura el que me trajo de nuevo a este mundo. Traté de atesorar el momento con unas torpes fotos de móvil y emprendí un regreso feliz y pausado por donde había venido.

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Me pareció ver sonreír al guardia cuando me iba. Yo sonreí también, con una sonrisa de esas como de después… Era tarde y estaba un pelín cansado de tantas emociones y horas de vuelo, pero quise prolongar el momento y me fui a dar una vuelta por la ciudad mientras escuchaba “Noches de Moscú”.

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Fue un paseo solitario y memorable. En mi cabeza todo lo que acaba de ver, todo lo que estaba viendo y todo lo que me esperaba en los próximos días. Y aquella música que tan bien refleja el dolor de ser humano tan característico en la historia de este país. Aquí os la dejo con fotitos de Moscú también en verano para los frioleros. Podéis ver las fotos o podéis cerrar los ojos y dar un paseito nocturno por Rusia 😉

Como introducción ya vale. En el próximo post os contaré cosas de mi amigo Tolstoi, de dos Catalinas (la grande, que convirtió un palacio en museo, y la bella, que me hizo de guía en Moscú), de zares, de joyas, de trenes y de ensaladillas. Espero no haceros esperar tanto 😉

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Hong Kong, el Puerto de los Aromas

Es de Hong Kong, pero lo escribo en Zaragoza. Quizá debería haberlo hecho hace ya varias semanas pero esa ciudad comienza a hacerme perder la sensación de viaje para transformarla en sensación de residencia. Todo marcha según lo previsto y pronto os podré hablar del proyecto que David y yo llevamos entre manos. De momento estoy refugiado entre Jaca y Zaragoza a la espera de que el gobierno nos conceda las pertinentes visas, pero como ya empiezo a echar de menos mi futuro hogar, creo que ha llegado el momento de que os vuelva a hablar de Hong Kong, esta vez desde una perspectiva diferente.

Como ya sabéis llegué a la ciudad el 1 de octubre y permanecí en ella un mes y medio. Los primeros días fueron de mucho trabajo. La burocracia en Hong Kong es muy exigente y la documentación para obtener una visa de inversor es bastante  compleja. Afortunadamente, y como ya os he comentado, todo camina.

Lo primero que me sorprendió al llegar, cómo no, fue la cantidad de gente concentrada en protesta por las decisiones del gobierno chino para con la ex-colonia británica.

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Como ya sabéis, Hong Kong (Hong: aroma, oler bien. Kong: puerto) fue colonia de Gran Bretaña desde la primera Guerra del Opio (1839-1842) hasta su devolución a China el 1 de Julio de 1997 (película sobre esta guerra aquí y más información sobre las mismas aquí. No hay que perderse el fascinante museo de la ciudad que las explica muy bien cuando me vengáis a visitar 😉

Guerra del opio

China prometió mantener el status económico de Hong Kong bajo la premisa de “un país, dos sistemas”, algo así como un pequeño laboratorio capitalista dentro de un gigante comunista. Los chinos observan con desconfianza el caso de Rusia, que cambió de sistema tan rápidamente que se crearon mafias y oligopolios que no permitieron una correcta distribución de la riqueza entre la población. Por ello China acepta el régimen liberal de Hong Kong pero a su vez trata de controlarlo. Veremos cómo evoluciona la situación.

Caminar entre la gente es emocionante. Uno tiene la sensación de estar viviendo una especie de Mayo parisino del 68. Lo llaman la Revolución de los Paraguas. En Hong Kong todo el mundo lleva un paraguas en la bolsa. En cualquier momento puede caerte una tromba de agua o lucir el sol, y para ambos casos es necesario, así que el paraguas se ha convertido en el símbolo del movimiento. Ni un coche o contenedor quemado, todo limpio, todo ordenado, todo cívico. La gente agradece de corazón tu interés por la situación y se les ve intercambiar ideas con calma y respeto. El ambiente sólo se enrarece cuando interviene la policía para mediar en los enfrentamientos entre partidarios del gobierno chino y el de Hong Kong. Rara vez se llega a las manos pero el tono de las discusiones puede llegar a ser muy elevado. Os dejo este vídeo que, aunque no es de la mejor calidad, servirá para que os hagáis una idea…

Pero basta de política. Hablemos un poquito de la ciudad…

Supongo que hay muchos epítetos para definir a esta gran urbe. Hay gente, gente, mucha gente… pero en realidad no hay tanta. Me explico: la ciudad tiene entre 7 y 7,5 millones de habitantes, que comparados con otras grandes aglomeraciones del planeta no es tanto. De hecho, ocuparía el puesto 49. La peculiaridad es que el territorio es muy chiquitito, así que si en vez de población hablamos de densidad de población, Hong Kong pasa del puesto 49 al 4. Y un último dato, la propia isla de Hong Kong tiene dos terceras partes de parques naturales, y si sólo se tuviera en cuenta la superficie habitable es probable que estuviéramos hablando de la zona del planeta más densamente habitada del mundo. Así que estamos apretaditos, muy apretaditos. Caminar por la acera se convierte en una especie de videojuego en el que tratas de esquivar personas…

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aceras de hk

…así que salir de casa con prisa es lo peor que puedes hacer porque, literalmente, no puedes pasar por encima de la gente. El metro es un lugar increíble. Es muy barato, funciona de maravilla como todo el transporte público en general, y en hora punta hay veces que me da hasta la risa. Esta foto debería haber sido un vídeo para que vierais que no están parados y que avanzan lentamente. Para la próxima vez 😉

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Y sin embargo la gente no es agresiva, no sueles ver malas caras. Un día vi a una mujer haciendo calceta de pie en un vagón atestado de gente. Yo creo que me acostumbraré pronto a esto. Incluso dejaré de cruzar la calle en rojo, que está muy mal visto. Jugaré a ser Mel Gibson en Braveheart. Esperaré pacientemente a que el disco cambie de color…

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…para abalanzarme sobre mis frontales enemigos que me evitarán hábilmente sin rozarme siquiera

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La principal consecuencia de tanta población en un espacio tan pequeño es el precio de los alquileres. Estoy buscando una habitación de entre 9 y 12 metros cuadrados y las que me gustan valen unos 700 euros al mes, ay. También he visto de 500 pero, o no tienen ventana, o están encima de salas de divertidos masajes. Pero bueno, es cuestión de buscar. En cuanto me instale publicaré un post con fotos de vuestra casita en Hong Kong 😉 De momento, os dejo una de mi bohemio y provisional hogar: una buhardillita tan bonita como cara que me proporcionó David. Me encantaba salir a tomar una cerveza o a comer sandía rodeado de rascacielos y pensar en vosotros 🙂

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Pero mi islita de paz, mi segunda casa, es la biblioteca central. Me encanta venir a trabajar y a escribir aquí. La gente es silenciosa, la wifi estupenda y hay tantos, tantos, tantos libros que caminar sobre la moqueta me hace sentir como si volase, entre otras cosas porque son nueve pisos de biblioteca, claro…

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Abre todos los días de la semana de 10 a 21 salvo los miércoles por la mañana. A las 20:30 te ponen en los altavoces el Concierto Grosso número 6 en sol menor de Handel mientras una dulce voz te invita a que apresures tus menesteres. Entonces me encanta salir del acondicionado aire bibliotecario y sentir el golpe nocturno de calor mientras me paseo hasta mi tienda favorita de sushi a por la cena.

Y es que el estudio del chino cantonés da mucha hambre. Durante esos días en Hong Kong aproveché para apuntarme durante cuatro semanas a dos cursos intensivos de ese idioma. Es algo extraño en un extranjero. Aquí habla inglés casi todo el mundo y los que estudian chino se decantan por el mandarín, hablado por unos 920 millones de personas, en vez de por el cantonés, con unos 62. Pero es el cantonés lo que la gente habla en la calle y se sorprenden y agradecen muchísimo que intentes decir cuatro cosas en su lengua. Bueno, cuatro son demasiadas porque es bastante difícil, pero resulta divertido. Una de las cosas que más me gustan es mi nombre, que se dice algo así como Jó jih. Si lo quieres hacer más cariñoso añades la partícula jài al final, así que Jorgito se vendría a decir algo así como Jó jih jài, y mi profe, que se llamaba Vectra igual que el coche con el que yo aprendí a conducir, me apunta los deberes en la pizarra debajo del nombre…

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Me gusta la letra J. Con ella nacen palabras tan bonitas como jamón, Jaca, jirafa, jabuticaba o juerga, amén de otras más contundentes…

Me dejo muchas cosas que contaros pero creo que por hoy ya es suficiente. Me estoy planteando empezar un nuevo blog sólo de Hong Kong con otro formato, pero no sé si voy a tener tiempo con todo lo que se me viene encima. Espero sacar un rato para hablaros de la deliciosa gastronomía del lugar, de las tiendas y mercados, de la arquitectura moderna y tradicional, de la tecnología, de la economía, de los coches de lujo, de la mezcla entre Oriente y Occidente, y de tantas y tantas cosas que hacen del Puerto de los Aromas un lugar tan especial. Veremos… 😉

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Mi hermano Guillermo y el regalo de cumpleaños inverso

Escribo estas líneas desde el hotel Auditorium de Madrid. Ahora mismo debería estar volando de Dubai a Hong Kong pero alguien ha decidido hacerme un regalo de cumpleaños muy especial. No, no es mi cumpleaños pero… a ver, empecemos por el principio, por el muy al principio…

Soy el pequeñísimo de seis hermanos. Primero nacieron ellas, las tres, seguiditas. Después ellos, los dos, seguiditos también. Todos pensaban que Guillermo sería el pequeño, pero hete aquí que, diez años después de su nacimiento, mamá y sus 47 años dieron a luz al milagroso error que os escribe. Como mamá se puso muy enferma después del parto, fui arrojado a mis hermanas que se encargaron de mi manutención. Se levantaban por la noche a darme el biberón a mí y a un cachorrito que tenían (nunca me han aclarado si el biberón era el mismo para los dos). Y ahí comenzó mi adicción a las caricias y mimos femeninos combinados con lactancia y mi rivalidad para con los canes. Pero de eso os hablaré otro día…

El hecho es que los dos hermanos pequeños establecieron una gran relación pese a los diez años de edad que les separaban. Os presento a Guillermo y a aquel Jorge…

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Era una persona muy divertida y cariñosa, inteligente y mal estudiante. Se le daba de maravilla el inglés, lo cual en aquellos años 70 era algo muy especial, así que papá lo envió un par de meses a la casa de unos amigos suyos de Minnesota, en Estados Unidos. Bueno, no sé si fueron dos meses pero a mí aquel viaje se me hizo eterno. Por aquel entonces yo era un as de las canicas, así que le pedí que me trajera “tres o cuatro raras para fardar en el cole”. Al feliz regreso me llenó de chicles, banderines de equipos de la NFL y demás merchandising. Al preguntar por mis canicas me dijo que me tumbara en la cama y cerrara los ojos. Segundos después me estaba granizando tres bolsas de kilo encima entre risas y gritos. Años más tarde todavía aparecía alguna por algún rincón de la habitación 🙂

Mi hermano pequeño mayor no paraba de hacerme regalos. Mis favoritos eran aquellos en forma de consejos: “Jorge tienes que andar siempre con las manos en los bolsillos y poner cara de duro” y me llamaba la atención cuando iba con él a los recreativos a jugar a la máquina del avión si no lo hacía. No se me debía de dar bien porque todo el mundo me sonreía en vez de intimidarse, pero nunca dejé de practicar. Yo creo que el atrezzo de peluca y cigarro de chocolate no me ayudaba pero me consuelo pensando que el maestro Calamaro se inspiró en mi look para triunfar años después…

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“Jorge estudia mucho y saca buenas notas pero las mejores tienen que ser en inglés, así podrás entender las canciones de los Beatles” que fue otro de los regalazos que me hizo. Pero con eso podría extenderme párrafos y párrafos, así que también va otro día…

También tuvimos nuestras pequeñas discusiones. Mamá siempre le pagaba el cine si me llevaba con él. Consciente de su poder, el pequeño tirano cinéfilo siempre elegía la película, así que Guillermo se tuvo que tragar tres veces Superman. Yo pensaba que lo que me enamoraba de esa película era aquél helicóptero atrapado al vuelo, pero años más tarde descubrí que realmente era Gene Hackman interpretando a Lex Luthor, un personaje vital en mi formación posterior. Pero como la vida es un conjunto de primeras veces, siempre asocio a mi hermano con la primera vez que entré a un cine y aquellas 20,000 leguas de viaje submarino, o cuando me engañaba diciendo que íbamos a ver una del espacio y después del inicial y eufórico logo de Universal Studios no salían más que tanques y aviones…

Un día tuvo un accidente de tráfico y se marchó con 22 años. Yo tardé unos cuantos más en descubrir que, sin querer, me había hecho otro regalo, porque su recuerdo me ayudó y me sigue ayudando a relativizar y, sobre todo, a disfrutar cada segundo de la vida. Y cuando ya pensaba que no me podía regalar más cosas, decido irme a vivir a Hong Kong y, como estoy enfermo de efemérides, elijo su cumpleaños el día 30 de Septiembre para emprender viaje…

Larga cola de facturación en el stand de Emirates. Preso todavía del sofoco de la despedida, me fijo en unos pequeños cartelitos rojos. En ellos se informa que el vuelo va muy lleno y se piden voluntarios para cambiar fechas. A cambio, vuelo gratis con el mismo número de millas. Me informo al facturar y me ofrecen cambiar el vuelo al día siguiente, con transporte, alojamiento y pensión completa, además del citado vuelo gratis para cuando yo desee. Eso sí, me dicen que no es seguro porque puede que a última hora haya plazas, y me piden volver una hora más tarde para confirmar. Así que me fui a pasear el carrito con mi bebé en forma de mochila convencido de que, el día de su cumpleaños, él me iba a hacer un regalo a mí en vez de yo a él. Regalo inverso. Así fue: una hora más tarde Marian y Paula me esperaban sonrientes tramitando todos mis cambios. Gracias a ellas desde aquí por su amabilidad, especialmente a Marian, por referirse a mí como “este chico” en vez de con envejecidos formalismos 🙂

Así que me dirigí al aparcamiento para el transporte de los hoteles y allí, apoyando cuerpo y pie derecho en la pared y con las manos en los bolsillos, sonreí, porque la cara de duro no se me da bien, porque los 70 quedaron atrás y porque me gusta imaginarme tu reprimenda. Imposible competir con tu mirada, y mira que lo intenté. Feliz cumpleaños hermanito, y gracias otra vez 😉

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Cruzando los Pirineos camino a Zaragoza…

La verdad es que fue emocionante. Verte ahí arriba, rodeado de montañas, a un solo paso de tu país… Sí, fue muy emocionante. Os lo cuento…

Me desperté pronto y eso que la noche anterior me había acostado tarde escribiendo el post sobre Francia. No quise desayunar, como de costumbre. Eso de levantarse y tapar de comida los sueños de la noche anterior no me sienta bien. Una vez publicado el post, empaqueté mis últimas pertenencias y las provisiones en forma de quesos, tomates, jamón, dulces y frutos secos que Rose y Bertrand habían preparado para mí y nos pusimos en marcha. Me despedí de mi gran amiga que andaba preparando a su vez bolsas y maletas para regresar a Pau, y Bertrand me llevó en coche al comienzo de mi ruta. Abrazos y besos emocionantes en la despedida. Rose, Bertrand, gracias. Sin todo vuestro apoyo logístico y vuestro cariño y el de vuestra familia no lo hubiera podido hacer. No olvidaré jamás estos días junto a vosotros…

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Bendecido, feliz, fuerte, me cargué la mochila a los hombros y comencé a caminar. Calculé que serían unos 12 ó 13 kilos. Demasiados. En ese momento no me pareció muy pesada pero sabía que pronto lo sería. Había dejado casi toda la ropa en casa de Rose pero incorporé elementos muy pesados de la mochila pequeña como ordenador portátil, cámara de fotos, cargadores y pequeña botella de champán, que uno prefiere sacrificar hombros a dejar de ser don ceremonias. No obstante, pensé en cuánto tiempo iba a tardar en soltar el primer j***r. Lo descubrí pronto: 28 minutos 😉 Pero daba igual, el día era fantástico y me sentía feliz…

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…y apenas una hora y media más tarde, empecé a vislumbrar la última frontera…

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…hasta que por fin la tuve enfrente de mí…

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Esa sendita que sube a la izquierda era la que me iba a permitir atravesar esas montañas y llegar a casa. Hasta ahí habían sido 300 metros de desnivel, me quedaban 700 más, y sentía mis piernas tan fuertes y potentes como doloridos y enrojecidos los hombros. Pero todo me daba igual, estaba feliz, había esperado mucho tiempo ese momento y una bolsita de nada no me iba a incomodar más de lo necesario. Más todavía si esto es lo que vas viendo durante la subida…

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…con alguna que otra mirada atrás para ver el valle de donde venía y recordar a los amigos encontrados durante los últimos ocho meses…

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Subía, sonreía, me mojaba la cabeza en los números torrentes que la senda me regalaba y, de vez en cuando, me hablaba cariñosamente y cantaba, fundamentalmente canciones de un Real Zaragoza que también vuelve a la vida. Tan solo tenía la mínima preocupación de cómo recorrer esos kilómetros de carretera que me separaban del final de mi ruta hasta Bielsa después de tanto esfuerzo, pero me repetí una frase que me regaló mi hermana Conchita y que he usado con frecuencia en este viaje: “ya hablaremos de ese puente cuando lleguemos a ese río”…

Y entre frases, sonrisas, sudor, cánticos y mucha alegría llegué al Puerto Viejo, la última frontera. Ahí arriba estaba…

puerto viejo desde Francia

Al llegar me paré antes de cruzar, obviamente, y empezó mi ritual. Antes había saludado a una pareja de Madrid, Beatriz y Antonio, que descansaban felices en el lugar. Les fui contando mi historia mientras me cambiaba de camiseta y me ponía la chaqueta corta vientos, que soplaba un poquito. Y cuando estaba atando al poste fronterizo con mi cuerda de tender coladas las flores del jardín de Rose y Bertrand, llegaron tres personas más y un perro. Maricarmen, Pepe, Jorge y Lucho, chilenos, saludaron risueños y me preguntaron por ellas. Ahí estaban mis seis amigos en forma de flor, haciendo nuevos amigos. Tres rojas, tres amarillas. Para Alberto, Sara, Antonio, Charo, Manuel y José, que tan bien me han cuidado durante este viaje.

puerto viejo

Es curioso, no me atrevía a cruzar. Estaba ahí parado, a un solo paso de volver oficialmente a casa, y no lo daba. Finalmente, Pepe agarró mi cámara para inmortalizar el momento y todos me animaron a pasar. Ya estaba, último paso dado. Abrí la botellita de champán (sé que el verbo adecuado sería descorchar, pero era una botella tan barata que no tenía corcho, sólo cierre con tapón de plástico. La breve decepción fue enormemente compensada por las carcajadas de mis compañeros de cima ante la violencia de mis lamentos…), regué mis flores de burbujas y bienvenido a casa Jorge 🙂

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¡Qué malo estaba por dios! Menos mal que, como la vida más que sonreírme se parte de risa conmigo, mis nuevos amigos sacaron un vino chileno que, junto a los quesos y el jamón de Rose, hicieron deliciosamente surrealista mi primera ingesta hispana: queso y jamón franceses con vino chileno. Ole…

Jorge, Maricarmen y Lucho

Jorge, Maricarmen y Lucho

Algunos de mis nuevos amigos. Beatriz es muy risueña, pero supongo que tener un queso con tanta personalidad al lado de la oreja le borra a uno la sonrisa 😉

Maricarmen, Pepe, Ratachampanes y Beatriz

Maricarmen, Pepe, Ratachampanes y Beatriz

Después de casi una hora de pirenaica tertulia, Antonio y Beatriz emprendieron el descenso, mientras que Maricarmen, Pepe, Jorge y Lucho ascendieron el pico del Puerto Viejo, no sin antes ofrecerse a bajarme a Bielsa si les esperaba en la carretera al llegar. Y entonces me quedé ahí solo, viendo como unos bajaban y otros subían. Me acerqué a mis amigos en forma de flores…

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…les di las gracias por esa última ayuda en forma de inesperado transporte a mi penúltimo destino y miré hacia casa…

España desde el puerto viejo

Mencioné sus nombres en alto uno a uno para que mi voz se mezclara con el viento y una parte de ellos pudiera permanecer para siempre en un lugar tan precioso. Besé las flores y Alberto, porque seguro que fue él, me gastó una broma en forma de mancha de horrible champán que se había acumulado en su flor, como diciéndome que me dejase de mermeladismos y empezase a bajar ya, que era el turno de la niebla…

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…así que emprendí un rápido descenso hacia casa. Me sorprendió ver que no estaba casi cansado, sería la felicidad, pero la mochila dolía cada vez más sobre los hombros. Una vez más las vistas acudían en mi auxilio…

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… y alguna que otra mirada atrás con la esperanza de ver a mis amigos chilenos a través de la niebla que dominaba ya el lugar…

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Bajé tan rápido que di alcance a Antonio y Beatriz. Llegué al final un poquito antes que ellos y se ofrecieron a bajarme a Bielsa. Como ya había quedado con los chilenos a las 6:30 del día siguiente pude aceptar el amable ofrecimiento, así que 15 minutos más tarde ya estaba yo en Bielsa. Busqué alojamiento ahí a la derecha…

Bielsa

Mientras me daban la llave en el bar y me tomaba una cerveza que me supo a gloria bendita, me informaron que la última visita al museo de la localidad comenzaba a las 20:00. Tenía media horita para ducharme y volar. Ahora sí, estaba bastante cansado, pero ese museo no me lo podía perder. Y vi cómo quedó el pueblo arrasado durante la guerra…

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… y, por supuesto, volví a tener un recuerdo emocionado para todas esas gentes que tuvieron que huir en aquella horrible primavera de 1938, con su miedo, sus escasas pertenencias y esos zapatos…

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Después de un breve y melancólico paseo por el pueblo, me fui a cenar al restaurante de mi fonda. Decidí pagar 90 céntimos de euro de más por dotar a mi plato combinado de un huevo frito extra que creí haberme merecido, y así quedó mi última cena…

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Cuando terminé, decidí probar nuevamente mi teoría acerca del contagio de las sonrisas. Volví a ganar: Elena, mi adorable y jovencísima camarera, se marchó sonriente a la cocina con lo que una vez había sido una cena…

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…y a la cama. Dormí poco. La alegría me despertó a las 5:45 para una ducha rápida, última mochila y cita con mis amigos chilenos que me iban a bajar hasta el precioso pueblo de Aínsa para tomar el bus a Barbastro, de ahí el de Huesca y finalmente, el de Zaragoza. Hice todos estos trayectos con Jorge, que me habló de viajes, de recuerdos y que me invitó a Córdoba para seguir hablando de viajes y recuerdos. Jorge, Pepe, Maricarmen, Lucho, gracias. Por “el último transporte”, por vuestro vino tan rico y por las primeras sonrisas de la vuelta.

Ya en Zaragoza me bajé en la estación de Averly y me despedí de Jorge, que se bajaba en Delicias. Y emprendí mi último paseo hasta llegar a casa. Tuve tiempo de fotografiar una vez más mi fuente favorita para compartirla con todos vosotros…

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… con sucursal del Santander incluida que me hizo recordar y sonreír una vez más antes de llegar a casa 😉

Ya estoy aquí. Y cuando haya asimilado el cambio y terminado el reencuentro con todos los amigos y seres queridos, os escribiré un último post a modo de epílogo con reflexiones finales y despedida. Para este post tardaré un poco. Tengo mucho que asimilar. Mientras tanto, gracias una vez más por vuestra lectura y miles de abrazos y besos para todos 🙂

Publicado en 20 Francia, 2013-2014: Dando una vuelta, VIAJES | Etiquetado , , | 6 comentarios