Volviendo a casa: Hong Kong-Zaragoza. Parte II

Tenía muchas ganas de llegar a Xian. Esta ciudad llevaba muchísimo tiempo en mi lista de deseos. A partir de aquí giro al oeste y vuelta a casa. Además también llevo bastante tiempo enamorado de la dinastía Tang y Xian fue una de sus dos capitales, junto a Luoyang, un poquito más al este. El viaje en tren desde Chengdu a Xian transcurrió sin incidentes. La ciudad me encantó desde el primer momento. Reservé una habitación al lado del barrio musulmán y en cuanto dejé mis cosas me fui a cenar. El barrio musulmán es uno de mis lugares favoritos de Xian, fundamentalmente por su vitalidad y su oferta gastronómica. Coincidí con el mes de ramadán y los neones que lo recordaban contribuían a darle a la noche un toque todavía más mágico y espiritual.

Durante el día la fiesta era otra. Cientos de personas callejeando y probando todo tipo de delicias. Mi favorita era estos fideos llamados “biang biang mian”. Esa es más o menos la transcripción fonética, porque los caracteres para escribirlos son probablemente los más difíciles de toda la escritura china.

Si la gente en China es simpatiquísima, en Xian son especialmente simpáticos. Uno no para de responder a los saludos de la gente por la calle. El mejor momento es cuando me piden una foto juntos. Al principio les da un poco de vergüenza pero cuando reúnen el valor de pedirlo o se lo ofrezco yo, lo pasamos muy bien. Os pongo dos de mis favoritas: unas niñas monísimas que no paraban de reírse y un borrachín con su lata de cerveza que encontré en las murallas de la ciudad y con el que me reí mucho también.

Y es que, en mi opinión, la gente, la gastronomía y la Historia son lo mejor de China. Con esta última no os voy a aburrir mucho. Simplemente deciros que me lo paso en grande cada vez que encuentro algo relacionado con la dinastía Tang (618-907 AD), que en esta zona y en lo que me quedaba de recorrer en China, es mucho. Los museos de Xian (antigua Chang An) y de Luoyang están llenos de maravillas de la que, para la mayoría de los chinos, fue su época de mayor esplendor. Como curiosidad simplemente deciros que en chino, los numerosos Chinatown esparcidos por el mundo entero se denominan Tángrénjie, literalmente “calle de la gente Tang”. Aquí os dejo un vídeo muy cortito con unas pinceladas de mi dinastía favorita 🙂

También visité los famosos guerreros de Terracota, pero como estaban llenos de turistas y además pertenecen a la dinastía Qin (221-206 BC), tampoco voy a incidir. Me parece mucho más interesante presentaros a Le, una persona maravillosa que conocí en Chengdu y que por motivos de trabajo tuvo que venir a Xian. Así que pudimos vernos otra vez y, por ejemplo, recorrer en bicicleta las maravillosas murallas de la ciudad.

Me desvié un poco al este para viajar a Luoyang (G en el mapa de arriba), segunda capital de la dinastía Tang. Sabía que iban a maravillarme y me maravillaron: las cuevas de Longmen. A diferencia de las de Mogao, de las que os hablaré más adelante, estas estatuas están esculpidas directamente en la roca. Fue muy emocionante subir esas escaleras y encontrarme poco a poco con esa imagen de Buda que, según cuentan, Wu Zetian, la única emperatriz en la historia de China, hizo esculpir a su imagen y semejanza y que yo llevaba tanto tiempo queriendo visitar.

Os dejo también esta foto desde el otro lado del río para que os hagáis una idea de las dimensiones reales y de por qué es aconsejable madrugar mucho y visitarlas a primerísima hora.

Vuelta a Xian y comienzo de lo que se conoce como Ruta de la Seda. A partir de entonces “Viaje al Oeste” El corredor de Hexi, en la provincia de Gansu (la boca y la garganta de la China antigua), Xinjiang, Asia Central… Cuatro paradas marcaron mi itinerario. Zhangye (A en el mapa de arriba), donde cuenta la leyenda que Marco Polo se detuvo un año por la amabilidad de la gente y la belleza de sus mujeres. A mí me maravilló la grandeza de su Buda, sus montañas de colores y los templos excavados en montañas.

Jiayuguan (B en el mapa de arriba). Límites político-territoriales de la antigua dinastía Tang y de tantas otras. A partir de aquí acababa China y también su gran muralla. Con un poco de imaginación puedes escuchar la desesperación de los condenados al exilio que dejaban el imperio del centro en este lugar. Lástima que en la foto no se distingan las preciosas montañas nevadas del fondo. En esta época del año hay mucho polvo suspendido por las tormentas de arena y no se aprecian bien.

Dunhuang (D en el mapa de arriba). Maravillosas, espléndidas las cuevas de Mogao. Eso sí, fotos prohibidas dentro de las cuevas y guía particular obligatorio. Os animo a que busquéis fotos en internet. Salí encantado y aprendí muchísimo del budismo chino y de mi querida dinastía. Eso sí, tuve la suerte de estar en el último grupo del día y pude sacar unas fotitos del exterior de las cuevas sin gente mientras charlaba con mi encantadora guía que se mostraba entusiasmada ante mi aluvión de preguntas 🙂

Aproveché también para darme unos paseos por las enormes dunas cercanas y sentirme un poco explorador. Fue otro de los momentos del viaje. Sólo entre las dunas, sol, calor y arena, mucha arena. Estuvo saliendo arena de mis zapatillas durante cinco días. Me lo pasé en grande subiendo y bajando dunas, como un niño en una playa seca infinita.

Turpan (C en el mapa de arriba). Parada en esta ciudad-oasis para admirar sus famosos viñedos y árboles frutales. Es el lugar más cálido de China porque está a 154 metros bajo el nivel del mar, segunda depresión más profunda del planeta después del mar Muerto.

Y de Turpan a Urumqi. Allí me llevé la sorpresa del viaje, y es que mi querida Le vino a hacerme otra visita. Y como le hacía ilusión visitar Kashgar (o Kashi) pues cambié mis planes y, en vez de cruzar a Almaty en Kazajistán decidí tomar un tren con ella de 20 horitas y nos fuimos a esta mítica ciudad de la ruta de la seda, con su barrio antiguo y su mercado de animales de los domingos, donde nos tomamos unos fideos con cordero muy ricos y unas deliciosas rodajas de sandía.

Y ya en Kasghar me tocó despedirme de China. Conseguí reunir a un grupo de cinco personas estupendas poniendo carteles en los albergues y organicé lo que a mí me gustaba llamar “la expedición” para cruzar a Kirguistán a través del paso del Torugat. Pero la salida de China y la entrada en ese precioso país será ya cosa del siguiente post. Hasta pronto 😉

 

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Coming back home: Hong Kong-Zaragoza. Part II


I really wanted to visit Xian. This city had been on my wish list for a long time. From here I would turn west and return home. I have been also in love with the Tang dynasty for a long time and Xian was one of its two capitals, together with Luoyang, a little further east. I loved the city from the first moment. I booked a room next to the Muslim quarter and as soon as I left my things I went to dinner. The Muslim quarter is one of my favorite places in Xian, mainly because of its vitality and its gastronomy. It was the month of Ramadan and the neons that remembered it contributed to give the night an even more magical and spiritual touch.

During the day the atmosphere was different. Hundreds of people wandering and tasting all kinds of delights. My favorite were these noodles called “biang biang mian”. That is more or less the phonetic transcription, because the characters to write them are probably the most difficult of all Chinese writing.

If people in China are very nice, in Xian they are especially nice. One does not stop responding to the greetings of people on the street. The best moment is when they ask me for a picture together. At first they feel a bit of embarrassment but when they dare to ask or I ask them myself, we have a great time. I post two of my favorites: those two cute kids who laughed all the time and a little funny tipsy guy with his beer can who I found on the city walls and with whom I laughed a lot too.

In my opinion, people, gastronomy and History are the best of China. With this last one I will not bore you very much. Just telling you that I have a great time every time I find something related to the Tang Dynasty (618-907 AD), which in this area and what I still had to travel in China, is a lot. The museums of Xian (former Chang An) and Luoyang are full of wonders of which, for most Chinese people, was their time of greatest splendor. As a curiosity, in Chinese, the numerous Chinatown scattered all over the world are called Tángrénjie, literally “street of Tang people”. Here I leave you a very short video with some touches of my favorite dynasty 🙂

I also visited the famous terracotta warriors, but since they were full of tourists and also belong to the Qin Dynasty (221-206 BC), I will not go deeper. I find it much more interesting to introduce you to Le, a wonderful person who I met in Chengdu and that due to work had to come to Xian. So we could see each other again and, for example, bike the wonderful city walls.

I turned East to visit Luoyang (G in the map above), the second capital of the Tang dynasty. I knew they were going to amaze me and they did: the caves of Longmen. Unlike those of Mogao, of which I will speak later, these statues are sculpted directly on the rock. It was very exciting to walk upstairs slowly and find that Buddha image that, according to the legend, Wu Zetian, the only empress in the history of China, has carved in her image and likeness.

I also leave this photo from the other side of the river to give you an idea of ​​the real dimensions and why it is advisable to get up early and visit them at the very first hour.

Return to Xian and start what is known as the Silk Road. From then on “Journey to the West” 😉 The Hexi corridor, in the province of Gansu (the mouth and throat of ancient China), Xinjiang, Central Asia … Four stops marked my itinerary. Zhangye (A in the map above), where the legend says that Marco Polo stopped a year for the kindness of the people and the beauty of their women. I marveled at the greatness of his Buddha, his colored mountains and the temples carved.

Jiayuguan (B in the map above) Political-territorial limits of the old Tang dynasty and many others. From here, China ended and also its great wall. With a little of imagination you can hear the moans of those condemned to exile who left the empire of the center in this place. Pity that the picture does not shows the beautiful snowy mountains of the bottom. At this time of year there is a lot of dust suspended by sandstorms and they are not clearly seen.

Dunghuang (D in the map above) Marvelous, splendid Mogao caves. Forbidden photos and private guide mandatory. I encourage you to look for photos on the internet. I came away delighted and learned a lot from Chinese Buddhism and my beloved dynasty. Of course, I was lucky to be in the last group of the day and I was able to take some pics from the outside of the caves without people.

I also took a walk around the huge dunes nearby and felt like a little explorer. It was another moment of the trip. Alone among the dunes, sun, heat and sand, lots of sand. Sand was coming out of my shoes for five days. I had a great time, like a child on an infinite dry beach.

Turpan (C in the map above). I came to this oasis city to admire its famous vineyards and fruits. It is the warmest place in China because it is 154 meters below sea level, the second deepest depression on the planet after the Dead Sea.

And from Turpan to Urumqi. There I had a wonderful surprise: my dear Le came to visit me again. Since she was very excited to visit Kashgar (or Kashi), I changed my plans and, instead of crossing to Almaty in Kazakhstan, I decided to take a 20-hour train with her and we went to this mythical city on the Silk Road, with its old quarter and its Sundays animal market, where we ate yummy lamb noodles and delicious slices of watermelon.

Already in Kasghar I had to say goodbye to China. I got together a group of five great people hanging ads in the hostels and organized what I liked to call “the expedition” to cross into Kyrgyzstan through the Torugat pass. But the exit from China and the enter into that beautiful country will be already part of the next post. See you soon 😉

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Coming back home: Hong Kong-Zaragoza. Part I

It all started in that rooftop in Hong Kong. I saw the lights of the planes above my head and I was thinking how to get home if one day those devices stopped flying. I liked the idea and started thinking about it. I thought that when I left the city I would go home as I came, with a backpack but, this time, by land. And here I am…

I believe that the happiness of a plan should not be subject to the achievement of the final goal. Happiness is not destiny, it is the way. I say this because this trip will end whenever, ideally in Zaragoza, but if the motivation of it disappears I will not hesitate to finish it, throw myself in one of those black hole-airports, and return home.

At the moment I write from Xian, one of the key stops of the trip and its turning point. This city divides the Chinese route into two very different parts. The first, from Hong Kong to here through Yunnan and Sichuan, more landscaping, harder, more Tibetan, unpaved roads, populations at more than 4,000 meters high and cold. From here the road becomes more historical, more desert, as a silk road, somewhat Muslim, with territorial conflicts and hot.

But as always a picture is worth a thousand words, here there is a map with the route made so far from Hong Kong …

… another of what I have left of China …

… and the entire route in its Chinese part

Then, if I still feel strong and the economy respects me, Central Asia will come, a zone of difficult orography and bureaucracy. We will see how I am by then because the mountains are very high and getting some visas is as difficult as climbing one of them.

HONG KONG, YUNNAN, SICHUAN

I finally left Hong Kong in November 2017. Since this route is very complicated to do in winter, I decided to buy a return ticket for April. I smiled as I boarded the Madrid plane while thinking that leaving was to start coming back. I landed in Hong Kong and immediately I got a mixture of sadness and getting tired that disappeared as soon as I remembered that I was only there to visit very dear friends and get a multi-entry visa for China. The visa was much easier to obtain than expected. Meeting my friends was much more difficult and I could not see them all. I apologize for those I could not see. They were days of walks, hugs and dinners, good wishes and someday we will see each other again. This city and its people always be in my heart.

I crossed the border into mainland China in Shenzhen with a lot of noisy children who study in Hong Kong but live on the other side. The borders are usually a serious and grey place, of uniforms and forms, so I loved filling mine among laughter and games. I took it as a good omen.

I had trouble finding the hotel. When I did, I went straight to pick up the train ticket that I had booked online and had dinner near the station. The next day very early in the morning I left for Kunming, the capital of Yunnan. I had visited the city in September 2016 on my way to Dali, further north. This time I made the same route. I stayed three nights in Kunming and visited my friend Chris, whom I met during those months of volunteering in India and of which I have already told you about him. Then I took the train to Dali and I stayed again at the hostel where I spent two weeks while trying to study Mandarin. It is a great place to start the book that I am going to write during this trip. I will tell you about it some day 😉

In Dali I loved seeing again my little young teacher, my dear Susanita, who is an absolute love of sympathy and kindness, who invited me to dinner “because that’s what a teacher does in China with her student” and who was very happy to see me again. And I was even happier to see her again.

And then the unknown began. The short trip to Shangri-la lasted less than five hours. I divide the journeys into short ones (less than five hours) or long (more than five hours). The city is about 3,200 meters high and breathes differently. They changed the name because of film from the 30s that I strongly recommend (Lost Horizons) and thus get more tourists. Marketing Strategy. I liked the town so so. With some pretty temples …

… and some night walks with patriotic films of communist shadow.

I especially liked the temple of 100 chickens, because I love these animals and because I was alone inside. When I was sitting by the candles I could even see a little rat that kept me company while I was inside.

I traveled to the capital of the county, Deqen, for a trip I had always wanted to do. It is a small village lost to 40 or 50 kilometers from the political border of Tibet but that has all its essence. What I like is that you can only reach it after a walk of about five hours. No cars or noise or paved streets. And during the days I was there I had the immense luck of making a group of wonderful friends who spoiled me like never before. In fact, we are still in contact today through a Wechat group. I miss them a lot, especially at meal times, when it was a real show to start our “chopstick-war”. I love you a lot, Family. See you soon in Spain 🙂

I returned to Shangri-la. We said goodby and I started a nostalgic journey of eight hours by unpaved road to Daocheng, already in Sichuan province. There, in the Yading National Park, I also had the opportunity to walk among the mountains, this time alone. It was fantastic to be up there with no one around, at 4,800 meters of altitude between 6,000 meters mountains, far from everything and with my mind full of past memories and future plans. A great moment..

Long trip to Litang for 6 hours. It is a sacred place. Here the seventh Lama was born. It is located at an altitude of 4,014 meters, 400 more than Lhasa, and it was very difficult for me to sleep at night when the breathing deepens. My nose was a little blocked and I had to breathe through my nose and mouth, which is not very comfortable. However, as I felt pretty fit, during the day I would go up to some nearby hills and sit down to see the little village and eat chocolate and drink tea 🙂

And when I got tired of yak butter, and yak milk tea, and the yaks themselves…

… I took a van and, after a very long twelve-hour trip, I arrived in Chengdu, the capital of Sichuan, with some 14 million souls. There I met Patxi, from Pamplona, and we became very close friends. Thanks to him, I got great news: they could extend my permission of stay in China for another 30 days without having to leave the country and keep my multi-entry visa. I had to stay in the city for nine days but I did not care at all. I took advantage and visited Amy in Luzhou, one of the friends of the Family, who kindly hosted me at her house for three days (it’s the route that goes from Chengdu to the south on the map) She introduced me to many of her friends and also in the wonderful cuisine of Sichuan, one of the most famous (and spicy) in the country. The wait in Chengdu also felt short. I did a customized cooking course in which I was taught to cook my two favorite Chinese dishes. Patxi also took care of me and we had a great time together with lots of funny moments and coffee, which I don’t usually drink, but with him it is impossible not to do so.

And the day came, and they gave me the extension, and I bought the ticket, and I left for Xian. And so I tell you and I hope to do it again in less than a month, when I’ll sadly have to leave China and see if I’m still traveling. We’ll see 😉

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Volviendo a casa: Hong Kong-Zaragoza. Parte I

Todo empezó en aquel ático de Hong Kong. Veía pasar las luces de los aviones sobre mi cabeza y pensaba cómo volver a casa si un día esos aparatos dejaban de volar. Me gustó la idea y empecé a darle vueltas. Pensé que cuando dejara la ciudad volvería a casa tal y como vine, con una mochila pero, esta vez, por tierra. Y aquí estoy…

Creo que la felicidad de un plan no debería estar supeditada a la consecución del objetivo final. La felicidad no es el destino, es el camino. Digo esto porque este viaje acabará cuando acabe, idealmente en Zaragoza, pero si la motivación del mismo desaparece no dudaré en cortarlo, sumergirme en uno de esos agujeros negros en forma de aeropuerto, y volver a casa.

De momento escribo desde Xian, uno de las paradas claves del viaje y punto de inflexión del mismo. Esta ciudad divide la ruta china en dos partes muy diferenciadas. La primera, desde Hong Kong hasta aquí a través de Yunnan y Sichuan, más paisajística, más dura, más tibetana, de carreteras sin asfaltar, poblaciones a más de 4.000 metros de altura y fresquito. A partir de aquí el camino se vuelve más histórico, más desértico, como de ruta de seda, un tanto musulmán, con conflictos territoriales y calorcito.

Pero como siempre una imagen vale más que mil palabras, he aquí un mapa con la ruta realizada hasta ahora desde Hong Kong…

…otra de lo que me queda de China…

…y de la ruta entera en su parte china

Después, si sigo con fuerza y la economía me respeta, vendrá Asia Central, zona de orografía y burocracia difíciles. Veremos cómo estoy para entonces porque allí las montañas son muy altas y conseguir algunos visados es tan difícil como escalar una de ellas.

HONG KONG, YUNNAN, SICHUAN

Abandoné definitivamente Hong Kong en noviembre de 2017. Como esta ruta es muy complicada hacerla en invierno decidí comprar un billete con vuelta para abril. Sonreí mientras embarcaba en el avión de Madrid mientras pensaba que marcharme era empezar a volver. Aterricé en Hong Kong y enseguida me entró una mezcla de tristeza y hastío que desaparecieron en cuanto recordé que sólo estaba allí para visitar amigos muy queridos y conseguir una visa multientrada para China. La visa fue mucho más fácil de conseguir de lo esperado. Lo de los amigos fue mucho más difícil y no pude verlos a todos. Pido perdón para los que no tuve tiempo. Fueron días de paseos, abrazos y cenas, de buenos deseos y de algún día nos volveremos a ver. Llevaré siempre esta ciudad y a su gente en mi corazón.

Crucé la frontera a la China continental en Shenzhen entre una algarabía enorme de niños que estudian en Hong Kong pero viven al otro lado. Las fronteras suelen ser un lugar serio y gris, de uniformes y formularios, así que me encantó rellenar el mío entre risas y juegos. Lo tomé como un buen augurio.

Me costó encontrar el hotel. Cuando lo hice fui directo a recoger el billete de tren que había reservado por internet y cené cerca de la estación. Al día siguiente muy a primera hora salí hacia Kunming, la capital de Yunnan. Había visitado la ciudad en septiembre del año 2016 camino a Dali, más al norte. Esta vez hice el mismo recorrido. Permanecí tres noches en Kunming y visité a mi amigo Chris, al que conocí en aquellos meses de voluntariado en India y del que ya os he hablado alguna vez. Después tomé el tren a Dali y me volví a alojar en el albergue en el que pasé dos semanas mientras intentaba estudiar mandarín. Es un gran lugar para empezar el libro que voy a escribir durante este viaje y del que ya os contaré.

En Dali me encantó volver a ver a mi pequeña y joven profesora, mi querida Susanita, que es un absoluto amor de simpatía y amabilidad, que me invitó a cenar “porque eso es lo que hace un profesor con su estudiante” y que se alegró mucho de volver a verme. Y yo mucho más de volverla a ver a ella.

Y después empezó lo desconocido. El corto viaje a Shangri-la duró menos de cinco horas. Divido los desplazamientos en cortos sin son menos de cinco horas, o largos si son más. La ciudad está a unos 3.200 metros de altura y se respira distinto. Le cambiaron el nombre por una película de los años 30 que recomiendo encarecidamente (Horizontes perdidos) y conseguir así más turistas. Cosas del marketing. Me gustó a medias. Con algunos templos muy bonitos…

… y algún paseo nocturno que otro con películas patrióticas de sombra comunista.

Me gustó especialmente el templo de los 100 pollos, porque me encantan estos animalitos y porque allí campan a sus anchas. Estuve tan solo dentro que hasta pude ver una ratita que me hizo compañía mientras estuve sentado pensando junto a las velas

Me desvié a la capital del condado, a Deqen, para hacer una excursión que siempre había querido hacer. Es un pueblecito perdido a escasos 40 ó 50 kilómetros de la frontera política del Tíbet pero que tiene toda su esencia. Lo que me gusta es que sólo se puede llegar a él después de una caminata de unas cinco horas. Nada de coches, ni ruidos, ni calles asfaltadas. Y durante los días que estuve allí tuve la inmensa suerte de hacer un grupo de amigos maravillosos que me mimaron como nunca. De hecho todavía hoy estamos en contacto mediante un grupo de Wechat. Los echo mucho de menos, especialmente a la hora de las comidas, cuando era un verdadero espectáculo comenzar nuestra guerra de palillos que tanta gracia les hacía cuando les imitaba. Os quiero mucho Familia, y os veo pronto en España.

Vuelta a Shangri-la y allí despedida y viaje nostálgico y largo de ocho horas por carretera sin asfaltar a Daocheng, ya en la provincia de Sichuan. Allí, en el parque nacional de Yading, también tuve oportunidad de caminar entre montañas, esta vez solo. Fue fantástico verse ahí arriba sin nadie alrededor, a 4.800 metros de altura entre montañas de 6.000, lejos de todo y con la cabeza llena de recuerdos pasados y planes futuros. Un gran momento…

Viaje largo a Litang de 6 horas. Es un lugar sagrado. Aquí nació el séptimo Lama. Está situado a 4.014 metros de altitud, 400 más que Lhasa, y me costó mucho dormir por las noches cuando la respiración se hace más profunda. Tenía un poco taponada la nariz y tuve que respirar por la nariz y por la boca, lo que no es precisamente cómodo. Eso sí, como me sentía bastante en forma, durante el día me subía a unas colinas cercanas y me sentaba a ver el pueblecito y a comer chocolate y a beber té.

Y cuando me harté de la mantequilla de yak, y del té con leche de yak, y de los yak mismos…

…me cogí una furgonetilla y, después de un larguísimo viaje de doce horas llegué a Chengdu, la capital de Sichuan, con unos 14 millones de almas. Allí conocí a Patxi, de Pamplona, y nos hicimos muy amigos. Gracias a él me dieron una estupenda noticia: podían extender mi permiso de residencia en China otros 30 días sin necesidad de dejar el país y manteniendo mi visa multientrada. Tuve que permanecer en la ciudad nueve días pero no me importó lo más mínimo. Aproveché para visitar en Luzhou a Amy, una de mis amigas de la Familia que me alojó amablemente en su casa durante tres días (es ese trayecto que sale desde Chengdu hacia el sur en el mapa) Me presentó a muchos de sus amigos y me introdujo en la maravillosa gastronomía de Sichuan, una de las más famosas (y picantes) del país. La espera en Chengdu también se hizo corta. Hice un curso de cocina a medida en el que me enseñaron a cocinar mis dos platos favoritos chinos. También Patxi se encargó de amenizar la espera con muchas risas y café, que yo no tomo casi nunca, pero que con él es imposible no hacerlo.

Y llegó el día, y me dieron la extensión, y me compré el billete, y me marché a Xian. Y yo os lo cuento y espero volver a hacerlo dentro de menos de un mes, cuando tenga que dejar China con toda mi pena y ver si sigo de viaje. Ya veremos 😉

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Más Tolstoi, porque nunca es tarde para aprender a montar en bicicleta

Al día siguiente me desperté tarde, como de costumbre cuando viajo. Me quedé un ratito en la cama para paladear el recuerdo de la noche anterior y, cuando el hambre venció a la pereza, me marché de nuevo a la plaza Roja. Ni qué decir tiene que las sensaciones fueron muy distintas. Primero añadí Lenin a mi colección de momias célebres, menos impactante no obstante que las de los dos dictadores norcoreanos, pero mucho más influyente en el devenir del siglo XX. Me quedé tan pasmado viendo esa pequeña figura que uno de los guardias tuvo que venir a darme una nada amistosa palmadita en la la espalda para pedirme que circulara. Circulé y volví a mi querida catedral que, como tantas otras cosas bellas, lucía menos bella por la mañana que la noche anterior…

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Me gustó muchísimo por dentro y, como es pequeñita, pude escuchar un coro muy bonito en la primera planta mientras yo paseaba risueño por la segunda. Al acabar me fui al interior del Kremlin. Allí tenía una cita en la Catedral del Arcángel con Teodoro III, mi Zar favorito. Como tuvo una infancia de salud delicada mostró desde niño más inclinación al arte y a las letras que a las batallitas. Murió a los veinte años y reinó cinco. Sacad cuentas. Fui directo a su tumba. No había nadie en ella porque la mayoría de la gente suele preferir las tumbas de los ivanes terribles de este mundo. Os dejo un documental sobre su vida. Y si os veis toda esta estupenda serie mejoraréis vuestro inglés y aprenderéis mucho sobre los Romanov y sus más de 304 años de dinastía. Ah, esa corona que veis en el enlace del vídeo se puede ver en el Kremlin, tiene 4.936 diamantes y la usaban los zares para… bueno, mejor veis la serie 😉

Cuando acabé con el Kremlin me dirigí a uno de los lugares más deseados de mi visita a Moscú: la casa de Tolstoi. La más conocida y hoy convertida en museo es la de Yasnaya Polyana, a unos 200 km de Moscú. Ante la insistencia de su esposa Sofía, mi buen amigo compró esta casita y toda la familia venía a pasar en ella los inviernos. Me hizo tanta ilusión verla… Cuando llegué ya anochecía y no había nadie. Caída del día, invierno de Moscú, y llegada a la casa de Tolstoi. Gran momento…

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No me dio la impresión de que fuera un lugar muy visitado. Eso sí, constaba de nada más y nada menos que seis señoras bien entradas en años que se encargaban de la atención al visitante. Les dije con los ojos que era feliz y me miraron divertidas. Me calcé sendas fundas para mis botas y me deslicé en soledad por cada rincón de la casa. Antes de enseñárosla me gustaría que le tomarais cariño al personaje. Tranquilos, no me voy a enrollar. A veces, pocas, sólo hace falta una pequeña anécdota para conocer y querer a una persona: Leo aprendió a montar en bicicleta a los 67 años. El autor de Guerra y Paz, de Anna Karenina, consejero de Gandhi y celebridad mundial… tambaleándose divertido encima de una bici fabricada por él mismo. Ya os cae un poco mejor, seguro 😉

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Es ese del rincón, el de la barba más blanca que nunca. Ahí jugaba al ajedrez con su amigo Gorky. Y aquí debajo su escritorio. Me apoyé en la puerta y estuve mirando esa mesa un buen rato, hasta que una de las seis fantásticas me gritó desde la cocina que iban a cerrar…

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Ya era de noche. Aún me di una vueltecita por el jardín. Después le di las gracias a mi ciclista favorito y me marché por donde había venido. Todavía me quedaba otro gran momento aquel día.

A las nueve de esa noche había quedado con Katerina, muchacha que conocí en internet y que se ofreció amablemente a enseñarme la ciudad. Por si no había tenido suficiente literatura aquel día me ofreció quedar en el monumento a Pushkin. Nada que empiece con Pushkin puede ir mal, así que diez minutos antes de la hora acordada yo sonreía mirando esto…

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…hasta que escuché un “hola” detrás de mí que me hizo girar más sonriente todavía. Deleitado ante tanta belleza acerté a decir un “has venido”, a lo que cómplice contestó “no podía perderme a un español que vive en Hong Kong” Se lo agradecí porque se la veía un poquito enferma. “No es nada, no es nada. ¿Te gusta fumar shisha?” Me pareció muy literario conversar con la literaria Katerina entre nubes de anécdotas, así que complacido accedí. Comenzamos el paseo y dejamos atrás a Pushkin, al que me pareció verle la misma sonrisa que al guardia de la plaza Roja la noche anterior. Abandonamos la avenida principal y nos sumergimos en un laberinto de callejuelas hasta que llegamos a un lúgubre portal digno del mejor Dickens. Katerina llamó a la puerta sin mirarme y mi gran imaginación para la tragedia me aseguró que de ahí iban a salir dos rusos de dos metros de alto por dos de ancho para hacerse cargo de mis dos riñones mientras mi acompañante y sus dos colmillos brillaban sonrientes de placer. Pero la puerta se abrió y, un pasillito y medio más tarde, yo me hallaba en modo persa inhalando y exhalando recuerdos en una especie de Chicago de los años veinte…

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Conversamos y conversamos, y cuando parecía que nos cansábamos de conversar, fumábamos un poco más y seguíamos conversando. El humo barnizaba el momento de sueño y mística. Dos shishas después nos volvimos a sumergir en las esta vez más que nunca oníricas calles de Moscú. Dos largos abrazos y ella y su enfermedad se sumergieron en el metro tal vez para siempre, y yo me fui a seguir paseando. Y volví a pasar a despedirme del señor Pushkin y a darle las gracias. Había sido un gran día y a la mañana siguiente me esperaba un melancólico viaje en tren a San Petesburgo a través de la estepa nevada. Allí me esperaba otra Katerina, un poco más grande, con su palacio, sus ratones,  su colección de arte, y un monje medio loco con nombre de hit musical…

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Rusia, la culpa fue de Tolstoi

Llevaba ya mucho tiempo queriendo volver a escribir sobre mis viajes, pero esta ciudad y vuestra pequeña escuela me tienen absorbido a la par que absorto. Y, aunque no vaya a ser en directo como en anteriores ocasiones, no quiero perder la oportunidad de recontarme y contaros cómo fueron aquellos cortos e intensos días en Rusia. Quién sabe si encontraré algún otro día tiempo para contaros cosas sobre Filipinas, Taiwan, Shanghai o Yunnan, que son viajes que tengo en la nevera. Ya veremos…

La culpa fue de Tolstoi. Y de Aeroflot. Pero más de Tolstoi. Y de Superman. A ver cómo lo explico. A finales de los conflictivos 70 ya era el niño apasionado para con las cosas que ama que soy ahora, así que, a día de hoy, Superman es la primera y la última película que he visto tres veces en el cine. Me gustaba la música, y aquella ciudad, y ese helicóptero a punto de caer. Pero sobre todo me resultaba especialmente simpático aquel villano y su biblioteca subterránea de ensueño. Me hacían mucha gracia las muecas y suspiros de hastío por la torpeza de sus compinches. Y ahí fue la primera vez que escuché aquel título: “Algunas personas pueden leer Guerra y Paz y pensar que es solo una novela de aventuras. Otras pueden leer el envoltorio de un chicle y descifrar los secretos del universo”

Pasé todo el año 2015 sacando adelante la academia y adaptándome a Hong Kong. Fueron unos meses intensos y maravillosos, puede que algún día os lo cuente. Y por la noche, nada mejor para relajarse que dedicándole un ratito al mejor libro de autoayuda del mundo, como algunos lo han definido. Mitad casualidad, mitad cabezonería del Don Efemérides que os escribe, lo terminé una mañana de Navidad en un hostel de Manila (también os contaré ese viaje). Y como Aeroflot suele ser la aerolínea más barata que vuela a España desde Hong Kong, decidí conseguir un visado y prolongar la típica escala en Moscú a seis días. No os voy a recomendar el libro. Su extensión lo hace un tanto intimidante. Además, los libros son como las montañas: son ellos los que te eligen a ti.

La llegada a Moscú resultó muy emocionante. Fue a principios de febrero, pero hacía menos frío del que yo hubiera deseado. Una semana antes las temperaturas eran de -20˚C pero la ciudad me recibió con unos decepcionantes -7˚C. Me costó mucho encontrar el hostel porque no tenía ningún tipo de letrero, así que se me hizo muy tarde. Pasadas las once de la noche salí de nuevo a la calle y me dirigí a la plaza Roja. Antes de llegar a una de sus entradas vi desde unos 30 metros cómo un fornido guardia impedía la entrada a dos turistas asiáticos, así que me temí lo peor y me fui preparando la actuación. Efectivamente, el guardia me cortó el paso nada más ponerme a su lado y yo comencé mi drama: que si mi vuelo salía a la mañana siguiente, que si el sueño de mi vida era ver esa plaza, que si mi padre vivió exiliado en Moscú, que si Tolstoi, que si Chejov… Creo que se me llegaron a poner los ojos rojos y todo, aunque igual era del frío. El hecho es que 30 segundos de patético monólogo después veo como el guardia mira a izquierda y derecha y, muy serio y sin siquiera mirarme, me hace un gesto con su mano derecha de que pasara. “Fast”.

Tres “espasivas” y cuatro o cinco inclinaciones de cabeza y tronco y allí estaba, nada más y nada menos que en la plaza Roja. Vacía, fría, nocturna y toda para mí. Hay algunos momentos en los viajes que se te quedan muy dentro. Me vienen a la cabeza la primera visión del Taj Mahal o del skyline de Nueva York. Y este, sin lugar a dudas, será uno de ellos: subí aquella cuestecita y allí a lo lejos estaba, la catedral de San Basilio con sus cúpulas de caramelo.

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Ni siquiera me di cuenta de la tumba de Lenin a la derecha de tan absorto que estaba. Reduje mi paso como si no quisiera llegar nunca y allí me quedé mirándola. Ni siquiera el frío podía hacerme pestañear…

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Creo que fue el ruido del siempre melancólico camión de la basura el que me trajo de nuevo a este mundo. Traté de atesorar el momento con unas torpes fotos de móvil y emprendí un regreso feliz y pausado por donde había venido.

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Me pareció ver sonreír al guardia cuando me iba. Yo sonreí también, con una sonrisa de esas como de después… Era tarde y estaba un pelín cansado de tantas emociones y horas de vuelo, pero quise prolongar el momento y me fui a dar una vuelta por la ciudad mientras escuchaba “Noches de Moscú”.

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Fue un paseo solitario y memorable. En mi cabeza todo lo que acaba de ver, todo lo que estaba viendo y todo lo que me esperaba en los próximos días. Y aquella música que tan bien refleja el dolor de ser humano tan característico en la historia de este país. Aquí os la dejo con fotitos de Moscú también en verano para los frioleros. Podéis ver las fotos o podéis cerrar los ojos y dar un paseito nocturno por Rusia 😉

Como introducción ya vale. En el próximo post os contaré cosas de mi amigo Tolstoi, de dos Catalinas (la grande, que convirtió un palacio en museo, y la bella, que me hizo de guía en Moscú), de zares, de joyas, de trenes y de ensaladillas. Espero no haceros esperar tanto 😉

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Hong Kong, el Puerto de los Aromas

Es de Hong Kong, pero lo escribo en Zaragoza. Quizá debería haberlo hecho hace ya varias semanas pero esa ciudad comienza a hacerme perder la sensación de viaje para transformarla en sensación de residencia. Todo marcha según lo previsto y pronto os podré hablar del proyecto que David y yo llevamos entre manos. De momento estoy refugiado entre Jaca y Zaragoza a la espera de que el gobierno nos conceda las pertinentes visas, pero como ya empiezo a echar de menos mi futuro hogar, creo que ha llegado el momento de que os vuelva a hablar de Hong Kong, esta vez desde una perspectiva diferente.

Como ya sabéis llegué a la ciudad el 1 de octubre y permanecí en ella un mes y medio. Los primeros días fueron de mucho trabajo. La burocracia en Hong Kong es muy exigente y la documentación para obtener una visa de inversor es bastante  compleja. Afortunadamente, y como ya os he comentado, todo camina.

Lo primero que me sorprendió al llegar, cómo no, fue la cantidad de gente concentrada en protesta por las decisiones del gobierno chino para con la ex-colonia británica.

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Como ya sabéis, Hong Kong (Hong: aroma, oler bien. Kong: puerto) fue colonia de Gran Bretaña desde la primera Guerra del Opio (1839-1842) hasta su devolución a China el 1 de Julio de 1997 (película sobre esta guerra aquí y más información sobre las mismas aquí. No hay que perderse el fascinante museo de la ciudad que las explica muy bien cuando me vengáis a visitar 😉

Guerra del opio

China prometió mantener el status económico de Hong Kong bajo la premisa de “un país, dos sistemas”, algo así como un pequeño laboratorio capitalista dentro de un gigante comunista. Los chinos observan con desconfianza el caso de Rusia, que cambió de sistema tan rápidamente que se crearon mafias y oligopolios que no permitieron una correcta distribución de la riqueza entre la población. Por ello China acepta el régimen liberal de Hong Kong pero a su vez trata de controlarlo. Veremos cómo evoluciona la situación.

Caminar entre la gente es emocionante. Uno tiene la sensación de estar viviendo una especie de Mayo parisino del 68. Lo llaman la Revolución de los Paraguas. En Hong Kong todo el mundo lleva un paraguas en la bolsa. En cualquier momento puede caerte una tromba de agua o lucir el sol, y para ambos casos es necesario, así que el paraguas se ha convertido en el símbolo del movimiento. Ni un coche o contenedor quemado, todo limpio, todo ordenado, todo cívico. La gente agradece de corazón tu interés por la situación y se les ve intercambiar ideas con calma y respeto. El ambiente sólo se enrarece cuando interviene la policía para mediar en los enfrentamientos entre partidarios del gobierno chino y el de Hong Kong. Rara vez se llega a las manos pero el tono de las discusiones puede llegar a ser muy elevado. Os dejo este vídeo que, aunque no es de la mejor calidad, servirá para que os hagáis una idea…

Pero basta de política. Hablemos un poquito de la ciudad…

Supongo que hay muchos epítetos para definir a esta gran urbe. Hay gente, gente, mucha gente… pero en realidad no hay tanta. Me explico: la ciudad tiene entre 7 y 7,5 millones de habitantes, que comparados con otras grandes aglomeraciones del planeta no es tanto. De hecho, ocuparía el puesto 49. La peculiaridad es que el territorio es muy chiquitito, así que si en vez de población hablamos de densidad de población, Hong Kong pasa del puesto 49 al 4. Y un último dato, la propia isla de Hong Kong tiene dos terceras partes de parques naturales, y si sólo se tuviera en cuenta la superficie habitable es probable que estuviéramos hablando de la zona del planeta más densamente habitada del mundo. Así que estamos apretaditos, muy apretaditos. Caminar por la acera se convierte en una especie de videojuego en el que tratas de esquivar personas…

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…así que salir de casa con prisa es lo peor que puedes hacer porque, literalmente, no puedes pasar por encima de la gente. El metro es un lugar increíble. Es muy barato, funciona de maravilla como todo el transporte público en general, y en hora punta hay veces que me da hasta la risa. Esta foto debería haber sido un vídeo para que vierais que no están parados y que avanzan lentamente. Para la próxima vez 😉

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Y sin embargo la gente no es agresiva, no sueles ver malas caras. Un día vi a una mujer haciendo calceta de pie en un vagón atestado de gente. Yo creo que me acostumbraré pronto a esto. Incluso dejaré de cruzar la calle en rojo, que está muy mal visto. Jugaré a ser Mel Gibson en Braveheart. Esperaré pacientemente a que el disco cambie de color…

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…para abalanzarme sobre mis frontales enemigos que me evitarán hábilmente sin rozarme siquiera

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La principal consecuencia de tanta población en un espacio tan pequeño es el precio de los alquileres. Estoy buscando una habitación de entre 9 y 12 metros cuadrados y las que me gustan valen unos 700 euros al mes, ay. También he visto de 500 pero, o no tienen ventana, o están encima de salas de divertidos masajes. Pero bueno, es cuestión de buscar. En cuanto me instale publicaré un post con fotos de vuestra casita en Hong Kong 😉 De momento, os dejo una de mi bohemio y provisional hogar: una buhardillita tan bonita como cara que me proporcionó David. Me encantaba salir a tomar una cerveza o a comer sandía rodeado de rascacielos y pensar en vosotros 🙂

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Pero mi islita de paz, mi segunda casa, es la biblioteca central. Me encanta venir a trabajar y a escribir aquí. La gente es silenciosa, la wifi estupenda y hay tantos, tantos, tantos libros que caminar sobre la moqueta me hace sentir como si volase, entre otras cosas porque son nueve pisos de biblioteca, claro…

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Abre todos los días de la semana de 10 a 21 salvo los miércoles por la mañana. A las 20:30 te ponen en los altavoces el Concierto Grosso número 6 en sol menor de Handel mientras una dulce voz te invita a que apresures tus menesteres. Entonces me encanta salir del acondicionado aire bibliotecario y sentir el golpe nocturno de calor mientras me paseo hasta mi tienda favorita de sushi a por la cena.

Y es que el estudio del chino cantonés da mucha hambre. Durante esos días en Hong Kong aproveché para apuntarme durante cuatro semanas a dos cursos intensivos de ese idioma. Es algo extraño en un extranjero. Aquí habla inglés casi todo el mundo y los que estudian chino se decantan por el mandarín, hablado por unos 920 millones de personas, en vez de por el cantonés, con unos 62. Pero es el cantonés lo que la gente habla en la calle y se sorprenden y agradecen muchísimo que intentes decir cuatro cosas en su lengua. Bueno, cuatro son demasiadas porque es bastante difícil, pero resulta divertido. Una de las cosas que más me gustan es mi nombre, que se dice algo así como Jó jih. Si lo quieres hacer más cariñoso añades la partícula jài al final, así que Jorgito se vendría a decir algo así como Jó jih jài, y mi profe, que se llamaba Vectra igual que el coche con el que yo aprendí a conducir, me apunta los deberes en la pizarra debajo del nombre…

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Me gusta la letra J. Con ella nacen palabras tan bonitas como jamón, Jaca, jirafa, jabuticaba o juerga, amén de otras más contundentes…

Me dejo muchas cosas que contaros pero creo que por hoy ya es suficiente. Me estoy planteando empezar un nuevo blog sólo de Hong Kong con otro formato, pero no sé si voy a tener tiempo con todo lo que se me viene encima. Espero sacar un rato para hablaros de la deliciosa gastronomía del lugar, de las tiendas y mercados, de la arquitectura moderna y tradicional, de la tecnología, de la economía, de los coches de lujo, de la mezcla entre Oriente y Occidente, y de tantas y tantas cosas que hacen del Puerto de los Aromas un lugar tan especial. Veremos… 😉

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