París y el lenguaje de las sonrisas

Yo pensaba que el tren salía a las 9:10 y parecía un atleta de los 20km marcha con una mochila, a saber, corriendo sin levantar los pies del suelo. Llego al mostrador un tanto sofocado a las 9:03 y Madame sonríe a Monsieur mientras le vende un billete para el tren a París de las 9:20 con cambio en Caen. Eso me pasa por darle al calvados la noche anterior…

Reposo aliviado y satisfecho en el andén. Me ha encantado Normandía y sé que volveré algún día. Quizá en un viaje de estudios con mis alumnos. Por soñar… El trayecto hasta Caen es breve, no llega a 20 minutos. El tren es muy moderno y lleno de gente. Me siento al lado de la ventana enfrente de una chica. Arranca el tren y mi opuesta compañera no deja de mirar por la ventana. Tiene la mirada verde vidriosa y llena de pena. La miro con una sonrisa de “saldremos adelante”. Me mira y me devuelve otra de “pero ojalá sea pronto”. Volvemos nuestras cabezas a la ventana y, sin querer, acabo de vivir el momento del viaje. En el andén de Caen, cambiamos al tren de París y nuestros destinos se separan. Nueva sonrisa, esta vez de “courage”, que diría mi amiga Paqui, y cada mochuelo a su olivo o, lo que es lo mismo, yo a segunda y ella a primera. Me siento sordomudamente feliz…

Llegar a París siempre es estupendo. La gente corre por todos lados y algunos vagones del metro todavía tienen ruedas de goma como las de los coches. Culebreo entre la gente y llego a casa de Alban en un momento. Os presento a mi amigo…

Alban es una de las personas más agradecidas del mundo. Nos conocimos en Lille en el año 98. Yo estaba acabando mi Erasmus y él empezaba el suyo en Zaragoza ese mismo año. Al llegar, y siempre según su versión, le ayudé mucho con el alquiler de su apartamento y presentándole amigos. Siempre que nos encontramos me lo recuerda y me lo vuelve a agradecer. Le encanta España, el vino, los quesos, el champagne, aprender las cosas por su cuenta y beberse la vida a grandes sorbos a veces y a pequeños otras. Así que os podéis imaginar lo bien que lo pasamos cuando estamos juntos.

Después de ponernos al día, probar cinco tipos de quesos y bebernos una botella de vino, nos vamos a dar una vuelta por los jardines de Luxemburgo. Reposamos un ratito al sol mientras hacemos planes para la noche. Decidimos irnos a comprar quesos y patés para la cena. Recogemos a su novia y nos vamos a comérnoslo todo a la orilla del Sena. Allí es algo muy habitual. La gente se reúne, unos a cenar con su vinito y sus cosas y otros directamente a hacer botellón. No pasa nada. Nadie grita. La gente conversa y luego no queda ni rastro de botellas ni vasos. Hermosa lección…

Al día siguiente acompañé a Alban al oculista pese a que él amablemente insistió en que me fuera a dar una vuelta por París. Pero prefiero visitar personas más que ciudades. Después nos fuimos a cumplir con una de mis tradiciones parisinas favoritas. Aquel glorioso 9 de mayo de 1995, víspera del todavía más glorioso gol de Nayim en el Parque de los Príncipes (si algún día tengo un chalet con jardín lo llamaré así) probé por primera vez el Steak Tartare, carnecita cruda aderezada con secretos varios de chef. Me trae muy buenos recuerdos, está riquísimo y va muy bien con el vino. Os dejo esta foto para que comprobéis que la felicidad se contagia. Yo sonrío a Alban y su novia que sonríen al hacerme la foto y la señora del fondo sonríe al ver a mis amigos. Me gusta. Es como un espejo enfrente de otro…

Después de una comida estupenda, Alban me acompañó al autobús que me llevaría al aeropuerto. Como llegamos sobrados de tiempo, aprovechamos para tomarnos otra copita de vino en una terraza mientras hacíamos repaso a las horas que habíamos pasado juntos y planes para vernos más a menudo en el futuro. Abrazos alegres de despedida, mitad por el delicioso néctar ingerido, mitad porque ambos sabemos que nos vamos a volver a ver muy pronto.

Y fin de viaje. En el aeropuerto antes de salir hacia Zaragoza pensaba que la gente sonríe poco. Probadlo y veréis que las personas suelen responder a una sonrisa con otra, como si os mirarais en un espejo…

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5 respuestas a París y el lenguaje de las sonrisas

  1. Lola dijo:

    Gran verdad. Las sonrisas generan sonrisas y es nuestra obligación que este mundo siga teniendo la capacidad de sonreir. Por una simple cuestión de supervivencia. Aunque algunos nos llamen idiotas 🙂

  2. Marta dijo:

    Esas prisas tuyas en una estacion de tren francesa me han traido grandes recuerdos… No llevarias mucho equipaje encima???? En el PV hacemos muy buen vino, para cuando una visita?

    • jorgeadiego dijo:

      Jajaja, esta vez sólo llevaba una mochila pequeña. Cada vez que me acuerdo de aquel viaje con vuestras maletas todavía me pregunto cómo lo hice. Pronto me verás por allí Marta, que tengo muchísimas ganas de verte. Besos 🙂

  3. Pingback: Y, finalmente, Francia… | El maestro itinerante

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