Normandía y la guerra de los niños

Hacía mucho tiempo que quería venir a Normandía. Por distintas circunstancias había tenido la oportunidad en años anteriores de viajar a Auschwitz, Hiroshima, Nagasaki y Pearl Harbour, así que Normandía me parecía destino apropiado para cerrar tan triste círculo bélico (¿hay algún círculo bélico que no sea triste?)

Una vez más los amigos son la mejor excusa para emprender un viaje, y como Fabio y su esposa Thais venían desde Sao Paulo a Londres vía París, no lo dudé. Además, también tendría la posibilidad de visitar a mi amigo Alban durante el fin de semana. Así que, ahí estaba en la calle de mi cutre  hotel buscando su número cuando escuché la voz de Fabio que me llamaba a gritos desde la otra acera. Fabio y yo cada vez nos abrazamos más fuerte. Durante las cervezas de rigor comentamos que ya nos hemos encontrado en cuatro ciudades del mundo, que lo haremos en cuarenta más, y compartimos confidencias pasadas y planes futuros. Es una pena que sólo tuviéramos una noche, pero tal vez el reencuentro está más cerca de lo que ambos podamos imaginar.

No dormí bien. En el hotel no te daban sábanas (claro, 35€ en París no da para más) así que me tapé con una manta de mala pinta. Me desperté con dos tremendos picores en las piernas y pensé que serían chinches con chinchetas. Encendí asustado la luz y ahí estaba en la pared una pareja de mosquitos muertos de la risa. Después de sendos manotazos vengativos y comprobar que la hembra se había dado un gran atracón a mi costa, le pedí perdón a la manta y me volví a dormir…

Los trenes que van a Normandía salen de la estación de San Lázaro. Como sólo tenía un día y medio decidí alojarme en Bayeux, pueblecito medieval pegado a las playas del desembarco. Normalmente se hace transbordo en Caen, pero encontré un tren directo, de esos con compartimentos y que antes de los smartphones, portátiles, ipods, redes sociales y demás permitían que la gente se relacionara mirándose a los ojos. Dirigí los míos a través de la ventana y se me dibujó en la cara ese tipo de sonrisa que sólo te regala el tren.

Fresquito y mucho viento a la llegada a Bayeux. Gloria bendita. Me dirijo rápidamente a uno de esos hoteles fantasma de las afueras con recepcionista automático. Tiemblo ante la posibilidad de que no funcione, pero es un cajero muy simpático que me escupe una llave tarjeta de mi habitación, un recibo y me da la bienvenida. Le doy un “gracias majo” en voz alta acompañado de palmadita y me subo raudo a la 305. Cama doble y ducha prefabricada. Dejo la mochililla y me voy a visitar el pueblo.

Decepción. De medieval nada. Me imaginaba este lugar como una zona de recogimiento y reflexión de lo que nunca debería haber pasado y de lo que nunca debe volver a pasar. El hecho es que todo está lleno de turistas y banderitas francesas, británicas, alemanas, norteamericanas, canadienses y de todas aquellas naciones que aportaron siquiera un soldado al conflicto. Y es que a mí esto de las banderitas… Patrias de nylon, que diría Benedetti. Os dejo la foto de un amigo que me cayó bien en la que pide que no le acaricien, que está descansando…

Como no tenía mucho tiempo, me fui a visitar el museo. Muchos de los pueblecitos de la zona tienen el suyo. Nueva decepción. Parece que son museos dedicados a la glorificación del conflicto más que a evitar los futuros. Armas, uniformes, condecoraciones y fotos políticamente correctas de sonrientes soldados y generales. Duré muy poco dentro y me fui a visitar el cementerio británico.

Eso ya fue otra cosa. Lejos del ajetreo turístico y de las pelis con voz de NODO, estos lugares te llenan de calma y relatividad. Me gusta pensar que Einstein desarrolló su teoría en un cementerio. De todas formas no conviene abusar y dejarte llevar por la melancolía de la muerte. Una última reflexión: muchas veces, probablemente influidos por el cine, los uniformes o la grosería de las armas, pensamos en los soldados como en mercenarios insensibles y desesperados ávidos de sangre. Raramente estos niños superaban los 25 años. La mayoría de las tumbas marcan edades de entre 20 y 23 y algunas, como la que os dejo a continuación, de 19. La próxima vez que os deis una vuelta por cualquier facultad de vuestra ciudad imaginaos a esos niños que veréis, armados, uniformados y muertos de miedo navegando en una balsa hacia una playa de humo, gritos y cuerpos amputados.

Charlé un rato con Dixon, le dije que eso le pasaba por nacer en los felices años 20 y, desde mi agnosticismo, le recé un Ave María por si acaso. Tuve la ocurrencia de volverlo a hacer, esta vez cronometrándola. Multipliqué por el número de lápidas. No me daba tiempo. Volví al hotel, con la catedral al fondo, mirando el suelo y las nubes…

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