Mal de escuela

Este verano cayó en mis manos por casualidad el libro “Mal de escuela” de Pennac y no pude dejar de leerlo hasta que lo terminé. Es un ensayo sobre el fracaso escolar visto desde el punto de vista del alumno fracasado al que el autor denomina cariñosamente “zoquete”.

Son varias y muy diversas las conclusiones que se sacan de esta lectura. Señalar que el autor mismo fue un alumno zoquete que más tarde encontró su vocación y se convirtió en un escritor de éxito en su Francia natal. De hecho, realiza la contundente afirmación de que el mejor profesor es aquel que ha experimentado en su propio ser el dolor del fracaso escolar. Él mejor que nadie sabrá comprender al alumno que se encuentre en esa situación.

Pennac habla con verdadera devoción de aquellos cuatro profesores que “le salvaron la vida”. Los recuerda llenos de vocación y, lo más sorprendente, afirma que no mostraron una dedicación especial a su persona, sino que aquella energía que poseían era la misma para con todos sus alumnos, lo que les otorgaba más mérito si cabe. Este razonamiento me lleva a la primera conclusión que me produjo este libro y que vengo observando desde que tengo alumnos a mi cargo: cuanta más dedicación e  interés pone el profesor en sus clases y en sus alumnos, más fácil es que este interés sea recíproco.

El autor se dedica a lo largo de su obra a romper, o al menos cuestionar, algunos tópicos. Él es un zoquete, pero viene de una familia culta, sin problemas económicos o afectivos, todos sus hermanos licenciados y salud familiar impecable. Altas expectativas pues depositadas en él. Todo lo anterior otorga al caso tratado un especial dolor ante lo incomprensible: el fracaso escolar.

Otro tópico derribado: el internado. Pennac se declara favorable a los mismos, siempre que también haya profesores internos a los que el alumno pueda tener acceso, con el argumento de que los internos no tengan que prolongar su sufrimiento, las mentiras y las explicaciones de su fracaso en el ambiente familiar.

Y, finalmente, la memoria. Pennac reivindica su valor y la necesidad de ejercitarla recordando con cariño a los profesores que le hicieron aprenderse poemas de memoria. Cuenta con nostalgia el reencuentro con algunos de sus antiguos alumnos que, después de muchos años, todavía le recitaban los poemas que aprendieron con él.

Pennac es duro con aquellos profesores que no comparten su entusiasmo por la enseñanza. Nos cuenta el caso de los escritos de un profesor del siglo XIX que sentía pánico de sus alumnos por todas las fechorías que sufría y no muestra la más mínima compasión con él, más bien al contrario. Culpa a muchos profesores de ser cómplices del fracaso de muchas personas con un ejemplo clarificador que llamó mi atención: las respuestas absurdas. En la mayoría de las ocasiones, un alumno zoquete interrogado que desconoce la respuesta a lo que se le pregunta, responderá con una respuesta absurda interpretando su papel de alumno fracasado. Con esta respuesta la persona viene a decir: “Soy un zoquete. Ya lo ves. No me molestes y déjame en paz”. Un profesor cómodo que no busque el conflicto suspirará y pasará a otro alumno, dando la razón al alumno en sus pensamientos autodestructivos. El profesor tiene la obligación de exigir a este tipo de alumnos una respuesta razonada que obligue a ambos a realizar un esfuerzo mental y de actitud, un esfuerzo que haga saltar “el cerrojo del zoquete” y sacarle de su negatividad.

Resulta inquietante el paralelismo que el autor establece entre el fracaso escolar y la delincuencia. Es escalofriante leer la descripción de los sentimientos de un alumno fracasado, conocidos de primera mano por Pennac. El deseo de huir pero a la vez de pertenecer a una pandilla salvadora, donde las relaciones entre sus miembros vayan más allá de un expediente académico o unos roles de aula previamente definidos. Es el primer paso hacia un posible camino de no retorno en el que, ante la imposibilidad de demostrar méritos académicos, la persona se incline por un gusto ante el riesgo, haciendo gala de un valor que le provoque el reconocimiento negado en la escuela.

Pennac termina su libro con un mensaje optimista. La mayoría de los alumnos con problemas acaban llegando, aunque sea más tarde. Él mismo es la prueba viviente de que todos podemos llegar, con un poco de ayuda de algún maestro salvador si es preciso. Me gusta especialmente el chiste que solía contar a alguna madre angustiada (sí, suelen ser ellas) que ya imaginaba los negros nubarrones que se cernían sobre el futuro de un hijo zoquete: “¿Señora, sabe cuál es el único momento en el que Dios se ríe de nosotros?. Cuando le contamos nuestros planes…”

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