Shiraz: un extraño entre nosotros…

Cuando decidí eliminar el Kurdistán iraní de mi ruta, me dije que compensaría esa falta de montaña viajando de Isfahán a Shiraz por la carretera secundaria que atraviesa los montes Zagros, en vez de por la autopista. Desde que llegué a Isfahán busqué un servicio de taxi que lo hiciera, pero ninguno me convencía plenamente, fundamentalmente por el precio. A última hora, y cuando ya me dirigía a la estación a coger el bus a Yazd, le pedí tarifa al taxista y  cambié de decisión en ese mismo instante. La carretera es muy bonita, y tiene vistas como estas durante las casi ocho horas de viaje…

Montes Zagros

Montes Zagros 2

Pero el mejor momento fue cuando paramos en un mini restaurante que no era más que una caseta a comer. Dentro había una pareja mayor con sus dos hijos y un par de lugareños. El local estaba regentado por un señor mayor muy simpático y su padre sin dientes. Nos quitamos los zapatos y nos sentamos-tumbamos a comer un quebab de cordero absolutamente delicioso con yogur y pan, que es esa especie de sábana acolmenada de debajo de la carne.

kebab iran

Después nos fumamos una pipa de agua y nos tomamos un par de tazas de té calentito. Al marcharse, uno de los lugareños me miró, sonrió, y le dijo algo a mi taxista: “Dice que pareces feliz”. Tenía razón…

Llegué a Shiraz muy cansado. Mi primera opción hotelera estaba completa y Mustafá, mi taxista de 60 años, me acercó hasta la segunda. Nos despedimos y él se volvió corriendo a Isfahán porque quería llegar a casa antes de las 23:15 para ver el Barcelona-PSG. Sin comentarios…

Yo vi un ratito las noticias…

iran news

…y a la cama.

No descansé bien. Tuve sueños raros y me desperté un tanto malhumorado. Menos mal que Shiraz huele a Sevilla y los naranjos son mayoría. Me dirigí al centro para ver si podía comprar el billete de bus a Yazd y me dijeron que sólo podía hacerlo en la propia estación, que estaba bastante lejos. Me dirigí al bazar. Enseguida se me acercó uno de esos iraníes que se hacen los simpáticos pero lo único que quieren es hacerte de guía a cambio de una propina. No tenía el día para el típico “de dónde eres (España) ahhhh, Madrid!!!, Barcelona!!! (Ya, sí sí) me gusta mucho España bla bla bla”, así que utilicé mi truco: ¿de dónde eres? (Eslovenia). Ah…

Cuando vuestro amigo esloveno se deshizo del plasta, se dedicó a vagabundear por el bazar. Por lo menos pude sacar la foto de un mulah, que ya llevaba tiempo intentándolo. Un mulah es una especie de sacerdote que vigila que se cumplan las leyes islámicas.

mulah iran

Y de pronto, sin ni siquiera planteármelo, mi humor cambió de golpe. Me sucedió una cosa increíble. Miré a un tendero y su cara me sonaba. ¿Dónde he visto yo esa cara, dónde he visto yo esa cara?. ¡¡¡En la guía de Lonely Planet!!!. Abro la mochila, saco la guía y, efectivamente, ahí estaba el tendero unos años más joven. Se la enseño y creo que también a él le cambia el humor. No la había visto nunca y se muestra entusiasmado. La enseña a toda su clientela y nos reímos mucho todos. De entre casi 80 millones de iraníes me he ido a topar con el que abre la guía y ponen como ejemplo de hospitalidad. Os dejo una “doble” foto de este entrañable sujeto…;)

tendero lonely planet iran

Al marcharme me siento como tocado por una varita y no paro de reírme. Es como si el destino no quisiera en este viaje un solo día malo para mí. Decido que no es momento de aglomeraciones ni bazares y lo cambio por día de parques. Hay varios jardines iraníes patrimonio de la humanidad, así que me voy de paseo. El día transcurre tranquilo. Me doy un gran homenaje en forma de cena y decido volver pronto al hotel para escribir algo, pero a última hora pienso que podría pasar por la mezquita más importante de Shiraz, la misma que no he podido localizar por la mañana por estar bastante escondida, y verla, aunque sólo sea por fuera. Al final aparece a lo lejos…

mezquita shiraz iran

Me meto en el bazar para tratar de acceder ya que está incrustada dentro del mismo. Parece que es hora punta…

bazar shiraz iran

De pronto me veo arrastrado por un río de personas que me empujan hacia una especie de puerta. Alguien me da un pequeño chocolate de bienvenida sin mirarme siquiera la cara. Después la cosa cambia. Primer cacheo. “No cámaras”. Uno de los vigilantes me escolta hacia una ventanilla. “Mochila aquí”. Desaparece. Dejo la mochila. Soy libre. Me arrepiento de no haber sacado la cámara de la mochila discretamente. Me dirijo a la mezquita. Nuevo cacheo sorpresa, esta vez un pelín más agresivo. Me alegro de no haber sacado la cámara de la mochila discretamente. Accedo…

El espectáculo es grandioso. Está anocheciendo y cientos de personas deambulan por el interior de la mezquita-mausoleo. Se llama Aramgah-e Sha-e Cheragh y os animo a que busquéis fotos de ella en internet. Aquí está enterrado uno de los 17 hermanos del Imán Reza y es un lugar de culto importantísimo para el mundo chií. Me siento como el protagonista de “Los pájaros” y camino entre la gente como sin querer hacer ruido. Creo que mis zapatillas me delatan. Siento cómo decenas de miradas me radiografían extrañadas. El interior del mausoleo me atrae e intimida a partes iguales y está prohibido a los no musulmanes. Pienso que descalzo y con mi mesopotámica nariz podría pasar desapercibido. Allá voy.

Me descalzo, meto mis extravagantes compañeras en una bolsa de plástico y las deposito en una taquilla a cambio de una ficha azul con número árabe. Agradezco el tacto de las alfombras bajo mis pies mientras me introduzco en el interior rodeado de fieles. Y entonces me parece haber llegado al paraíso. Es lo que pretenden. Todo lo que me rodea es dorado, brilla o refleja. Miles de diminutos espejos te hacen sentir como si estuvieras dentro de un brillante. Me veo arrastrado a una sala donde un mulah lanza consignas desde una silla en alto mientras decenas de fieles escuchan absortos sentados en el suelo. Uno de ellos me indica que pase más adelante donde hay sitio. Me hago el tonto (no me resulta muy difícil) y retrocedo. Me siento discretamente en un rincón y observo a la gente rezar y tocar una gran caja-habitación de plata con los restos de su mártir. No hago más que mirar absorto paredes y techo que brillan celestialmente. Imagino ser un pobre diablo, más pobre que las ratas, sin ninguna alegría ni motivación en la vida, y que me prometen vivir eternamente en un lugar que siempre brilla, acompañado de 40 vírgenes, si accedo a morir y matar por la causa. Me estremezco…

De pronto el templo se empieza a llenar de gente y me digo que ya he tenido bastante. Gente y más gente. ¿Pero ahora qué pasa?. Trato de salir nadando contra fieles que sólo quieren entrar. Solo quiero mis zapatillas y escabullirme. Lo consigo. Nada más salir, y todavía descalzo, pasa por delante de mí un grupo de personas portando un ataúd envuelto en una bandera de Irán que todos quieren tocar. Sigo descalzo, salgo por la derecha y, cuando miro a la izquierda, veo cientos de personas arrodilladas en el suelo. Los hombres delante. Las mujeres, todas de negro chador, detrás. Se oyen gritos desgarrados por el altavoz y hombres y mujeres, cual coreografía humana, se arrodillan y se levantan al unísono. Los empleados de la mezquita no dan abasto extendiendo nuevas alfombras para los fieles que no tienen dónde orar. Observo la escena sobrecogido.

Es noche cerrada fuera de la mezquita donde siempre es de día y creo que ya es hora de volver al hotel. Me meto la mano al bolsillo del pantalón y noto mi pequeño móvil iraní, aquel que compré entre risas risueñas y coñac prohibido. “Mira que si tuviera cámara integrada”. Lo saco, le doy la vuelta y veo un familiar y diminuto círculo negro que me guiña el ojo. ¿Me atrevo?. Me atreví.

Cuatro fotos más tarde (fotos que se resisten a salir del móvil donde permanecen atrapadas) salgo agotado de la mezquita por no sé dónde. Camino sin rumbo por una callejuela del bazar sin saber el camino de vuelta al hotel. No pasa nada, ya lo haré. Observo esta escena…

lencería iran

Es un puesto de lencería femenina. A través de un huequecito en la cortina roja diviso las tentadoras prendas y pienso que no tengo los 25.000€ que cuesta la dote más baja para conseguir esposa en Irán. Cuarenta vírgenes…

Al día siguiente tocaba Persépolis. ¿Conseguiría tener algún día tranquilo?. Espero que no…

zapatillas

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7 respuestas a Shiraz: un extraño entre nosotros…

  1. Teresa dijo:

    Madre mia Jorge,ya no se ni q decir de todo lo q estas viviendo.Cuantas veces vas a recordar este viaje.La carica del señor de la guia Planet q compraste…….q m dices?.
    Y todo Jorge,todo.Esas mezquitas,vivirlas por dentro,con sus gentes,sus rezos. Nunca t habia seguido tanto y no creo que hagas otro viaje asi q m tenga tan enganchada.Besos Jorge y ya en una semanita en casa.

  2. Patricia dijo:

    Missing you so much!! And in need of your stories….but abobe all, in need of YOU!! Everything ok?

  3. Rosa dijo:

    Hola Jorge, no me conoces pero hoy conocí a tu hermana que me habló de tu viaje a Irán. He ido a Zaragoza para un proyecto de formación para el banco y ahí la he conocido … y sobre todo se alegró de saber que yo acababa de volver de Irán hace unos días. He leído tus post y me han recordado las vivencias de ese país fabuloso lleno de gente maravillosa. Me alegro de que también a tí te haya fascinado. Un abrazo. Rosa

  4. Pingback: De Persépolis a Yazd o de la piedra al barro… | El maestro itinerante

  5. Pingback: Corea del Norte: los lugares | El maestro itinerante

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