La hospitalidad egipcia contra la maldición del faraón

Egipto era uno de esos sitios que tenía en mi lista de pendientes pero que nunca me decidía a visitar. Lo imaginaba siempre como una curiosa mezcla de impresionantes monumentos y turistas sudorosos de gafas de sol y gorro. Aquella mañana de septiembre me desperté, justo antes de mi mudanza, con un mensaje de Samir invitándome a su casa de El Cairo. Y como he decidido hacer este viaje tan largo y ya sabéis que me encanta visitar amigos, pues lo dudé poco. La temperatura de El Cairo en diciembre es primaveral, los turistas brillan por su ausencia debido a la situación del país y los impresionantes monumentos siguen aquí. Pero no me voy a adelantar…

Conocí a Samir en un curso para profesores de español de negocios que el Instituto Cervantes organizaba en Granada en septiembre de 2011. Nos hicimos muy amigos y nos despedimos sabiendo que nos íbamos a volver a ver. Cuando el taxi del aeropuerto me dejó a las 21:45 en la puerta del Instituto Cervantes de El Cairo, tuve unos deliciosos 15 minutos de ansiosa espera recordando aquellas visitas nocturnas a la Alhambra, mientras Samir me leía los versos del Corán tallados en aquellas paredes tan especiales. Este es Samir en acción durante una de sus clases…

SamirLa hospitalidad del pueblo egipcio en general y la de Samir en particular, es extraordinaria. No hay que confundir a la pobre gente que vive del turismo y que a veces puede resultar un tanto molesta, con el resto de habitantes. Es un verdadero lujo callejear con mi amigo por estas calles mientras me cuenta todo tipo de historias acerca de su país. Disfruté muchísimo nuestro primer día juntos, especialmente el paseo en barca-discoteca de gente bastante humilde que bailaba sin parar. Por unos 50 céntimos de euro hicimos un crucerito inolvidable de unos 45 minutos. Me enamoré de una niña de unos 13 años bajita y con sobrepeso que se movía divertida sin parar de sonreír. Como no me dejaron sacar fotos de la barca para adentro, tendréis que conformaros con una de la barca para afuera. Los colorcitos que se ven al fondo son de más barcas-discoteca. Perdonad el dedazo, pero cuando saco fotos con el iPhone en una barca balanceable me agarro a él como a la vida…

niloY después pasó lo que tenía que pasar. La euforia del reencuentro con el amigo, la música, los bailes regordetes, el descubrimiento de una ciudad nueva, la adición de un nuevo río a mi colección… Todo ello me llevó a probar cada delicia gastronómica que veía por la calle: deliciosas sopas frías de garbanzos en vasitos de plástico, deliciosos altramuces flotantes en agua de limón, delicioso y tradicional kushari  (guiso a base de macarrones, fideos, lentejas, garbanzos, cebolla frita, spaguetti, ajo y salsa de tomate aderezado con abundante picante, que no estaba yo para medias tintas…). Semejante cocktail me provocó esa misma noche un delicioso estómago hinchado cual balón de baloncesto que hizo retorcer mi figura entre dolores y sudores hasta el amanecer. Lo sorprendente es que, lejos de venirme abajo, me rebelé. De pronto, me sentí como Paul Newman en “La leyenda del indomable” (o “Cool Hand Luke” para los amantes como yo de las versiones originales). Sonreí y me dije que iba a hacer este viaje pasara lo que pasara, y que además iba a seguir comiendo lo que me diera la gana. Incluso hice gala de mi vena teatral, me levanté de la cama, me erguí los 45 grados que pude y, a lo Scarlett O’Hara, puse a dios por testigo de que seguiría sin pasar hambre. Os dejo una foto del aquel kushari. Por cierto, ayer volví a cenar otra vez lo mismo… ¡Ole, ole! 🙂

kusheriEl día siguiente, una vez pasados mis anhelos revolucionarios, lo pasé enterito en la cama. La equinacia que me regalaron mis amiguitos del teatro de las Esquinas me vino de perlas (en otro post os contaré la historia de Cleopatra y las perlas en vinagre). Tuve algún momento de bajón de esos que te dan cuando te pones enfermo, y me acordé un poco de casa y del puré de borrajas, pero me consoló imaginar la sonrisa de mi amigo Gerardo, que siempre se muestra muy comprensivo conmigo en estas situaciones. Aproveché para ver en el ordenador “El violinista en el tejado” (Fiddler on the roof) y me puse más contento. Curiosamente recuerdo el día como muy agradable, ya casi sin dolores y con largas charlas con Samir. Qué cosas…

Casi recuperado, nos fuimos a las pirámides a la mañana siguiente. Samir me llevó en unas furgonetitas pequeñas que usa la gente a modo de buses urbanos para desplazarse por aquí y, aunque cada bache me recordaba que todavía no estaba recuperado del todo, disfruté bastante del trayecto y de las vistas. Y si encima al final del trayecto te encuentras esto pues qué queréis que os diga…

pirámides sombraLa situación actual de este lugar y que numerosos países desaconsejen la visita a Egipto, ha arrasado con el turismo. Algunos vendedores le comentaban a Samir que aquello “estaba muerto”. La verdad es que los pocos turistas que vi eran egipcios y, aunque es agradable ver este sitio sin tanta gente, también da un poco de pena…

esfingeEsa noche al fin pude encontrarme otra vez con Irene, otra profesora de español amiga de mi siempre querida Sevilla que también conocí en Granada. Irene es dulce, dulce, dulce, lleva más de cuatro años en esta ciudad y a mí me encanta ver cómo les da las instrucciones en árabe a los taxistas. Nos fuimos a un club de jazz a escuchar música en directo mientras nos tomábamos un par de cervezas. Como aquí las botellas de este mágico elixir, ya venerado por los antiguos egipcios, son de medio litro, en el taxi de vuelta ya no me dolía nada, o si me dolía ya no importaba…

Samir me introdujo la mañana siguiente al maravilloso mundo de El Cairo islámico. Sus mercados, sus calles y la hermosa y elegante decadencia de sus edificios, hicieron que la llamada a la oración de aquella mañana fuera muy especial…

mezquita

calle cairo islámico

tendero con naranjas recortado defY aquella tarde, y la tarde de ayer, fueron dos tardes muy especiales. Pasé ambas en clase con Samir en el Instituto Cervantes y pude charlar con muchos alumnos. Su simpatía y hospitalidad, como os comentaba, son maravillosas. Sara, una alumna de 22 añitos a punto de acabar la carrera de medicina, me diagnosticó los medicamentos que me hacían falta, me acompañó a la farmacia a comprarlos… y los pagó. No me riñáis, os juro que fue imposible convencerla y mira que lo intenté. Todos quieren hablar conmigo y enseñarme la ciudad. Me aconsejan lugares, rutas por el país, me preguntan por España, por el mundo… Tengo que reconocer que lo paso en grande durante la clase y en los descansos. La clase de invidentes me maravilló. Por sus ganas de aprender, por su fuerza y sacrificio, por su simpatía. Ser ciego no es fácil, y todavía menos en una ciudad como esta. Venir desde puntos remotos de la ciudad y comprobar cómo por arte de magia pronuncian palabras en mi lengua mientras acarician hojas blancas me deja maravillado. Os dejo una foto con Mahmoud y Abderramán, que ven hasta detrás de las paredes, en representación de esta gente tan especial…

alumnos cairoY basta por hoy. Se acerca la hora de tomar decisiones. Tengo que planificar los lugares de Egipto que quiero visitar y comprar los billetes para seguir viaje. Las opciones son varias, y gracias a la amabilidad de mis nuevos amigos, todavía más. Os mantendré informados 😉

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Esta entrada fue publicada en 02 Egipto, 2013-2014: Dando una vuelta, VIAJES y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

9 respuestas a La hospitalidad egipcia contra la maldición del faraón

  1. Mónica dijo:

    ¡Qué bien! Justo hoy, día de teatro, nueva entrada del maestro itinerante. Así se te echa un poco menos de menos 😉

  2. Patricia dijo:

    Grande Adiego, grande MAESTRO!!

  3. Chema A de M dijo:

    Qué grande George!!! Dale un abrazo a Tutankamon de mis partes…!!!

  4. Alfonso dijo:

    OK, las cervezas esperan, mientras, disfruta

  5. Beatriz dijo:

    Qué pasada Jorge!!

  6. leocadio dijo:

    Cómo siempre muy interesante todo cuanto nos aportas, un fuerte abrazo.

  7. Pingback: Etiopía, capital Adís Abeba | El maestro itinerante

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