Rusia, la culpa fue de Tolstoi

Llevaba ya mucho tiempo queriendo volver a escribir sobre mis viajes, pero esta ciudad y vuestra pequeña escuela me tienen absorbido a la par que absorto. Y, aunque no vaya a ser en directo como en anteriores ocasiones, no quiero perder la oportunidad de recontarme y contaros cómo fueron aquellos cortos e intensos días en Rusia. Quién sabe si encontraré algún otro día tiempo para contaros cosas sobre Filipinas, Taiwan, Shanghai o Yunnan, que son viajes que tengo en la nevera. Ya veremos…

La culpa fue de Tolstoi. Y de Aeroflot. Pero más de Tolstoi. Y de Superman. A ver cómo lo explico. A finales de los conflictivos 70 ya era el niño apasionado para con las cosas que ama que soy ahora, así que, a día de hoy, Superman es la primera y la última película que he visto tres veces en el cine. Me gustaba la música, y aquella ciudad, y ese helicóptero a punto de caer. Pero sobre todo me resultaba especialmente simpático aquel villano y su biblioteca subterránea de ensueño. Me hacían mucha gracia las muecas y suspiros de hastío por la torpeza de sus compinches. Y ahí fue la primera vez que escuché aquel título: “Algunas personas pueden leer Guerra y Paz y pensar que es solo una novela de aventuras. Otras pueden leer el envoltorio de un chicle y descifrar los secretos del universo”

Pasé todo el año 2015 sacando adelante la academia y adaptándome a Hong Kong. Fueron unos meses intensos y maravillosos, puede que algún día os lo cuente. Y por la noche, nada mejor para relajarse que dedicándole un ratito al mejor libro de autoayuda del mundo, como algunos lo han definido. Mitad casualidad, mitad cabezonería del Don Efemérides que os escribe, lo terminé una mañana de Navidad en un hostel de Manila (también os contaré ese viaje). Y como Aeroflot suele ser la aerolínea más barata que vuela a España desde Hong Kong, decidí conseguir un visado y prolongar la típica escala en Moscú a seis días. No os voy a recomendar el libro. Su extensión lo hace un tanto intimidante. Además, los libros son como las montañas: son ellos los que te eligen a ti.

La llegada a Moscú resultó muy emocionante. Fue a principios de febrero, pero hacía menos frío del que yo hubiera deseado. Una semana antes las temperaturas eran de -20˚C pero la ciudad me recibió con unos decepcionantes -7˚C. Me costó mucho encontrar el hostel porque no tenía ningún tipo de letrero, así que se me hizo muy tarde. Pasadas las once de la noche salí de nuevo a la calle y me dirigí a la plaza Roja. Antes de llegar a una de sus entradas vi desde unos 30 metros cómo un fornido guardia impedía la entrada a dos turistas asiáticos, así que me temí lo peor y me fui preparando la actuación. Efectivamente, el guardia me cortó el paso nada más ponerme a su lado y yo comencé mi drama: que si mi vuelo salía a la mañana siguiente, que si el sueño de mi vida era ver esa plaza, que si mi padre vivió exiliado en Moscú, que si Tolstoi, que si Chejov… Creo que se me llegaron a poner los ojos rojos y todo, aunque igual era del frío. El hecho es que 30 segundos de patético monólogo después veo como el guardia mira a izquierda y derecha y, muy serio y sin siquiera mirarme, me hace un gesto con su mano derecha de que pasara. “Fast”.

Tres “espasivas” y cuatro o cinco inclinaciones de cabeza y tronco y allí estaba, nada más y nada menos que en la plaza Roja. Vacía, fría, nocturna y toda para mí. Hay algunos momentos en los viajes que se te quedan muy dentro. Me vienen a la cabeza la primera visión del Taj Mahal o del skyline de Nueva York. Y este, sin lugar a dudas, será uno de ellos: subí aquella cuestecita y allí a lo lejos estaba, la catedral de San Basilio con sus cúpulas de caramelo.

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Ni siquiera me di cuenta de la tumba de Lenin a la derecha de tan absorto que estaba. Reduje mi paso como si no quisiera llegar nunca y allí me quedé mirándola. Ni siquiera el frío podía hacerme pestañear…

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Creo que fue el ruido del siempre melancólico camión de la basura el que me trajo de nuevo a este mundo. Traté de atesorar el momento con unas torpes fotos de móvil y emprendí un regreso feliz y pausado por donde había venido.

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Me pareció ver sonreír al guardia cuando me iba. Yo sonreí también, con una sonrisa de esas como de después… Era tarde y estaba un pelín cansado de tantas emociones y horas de vuelo, pero quise prolongar el momento y me fui a dar una vuelta por la ciudad mientras escuchaba “Noches de Moscú”.

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Fue un paseo solitario y memorable. En mi cabeza todo lo que acaba de ver, todo lo que estaba viendo y todo lo que me esperaba en los próximos días. Y aquella música que tan bien refleja el dolor de ser humano tan característico en la historia de este país. Aquí os la dejo con fotitos de Moscú también en verano para los frioleros. Podéis ver las fotos o podéis cerrar los ojos y dar un paseito nocturno por Rusia 😉

Como introducción ya vale. En el próximo post os contaré cosas de mi amigo Tolstoi, de dos Catalinas (la grande, que convirtió un palacio en museo, y la bella, que me hizo de guía en Moscú), de zares, de joyas, de trenes y de ensaladillas. Espero no haceros esperar tanto 😉

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7 respuestas a Rusia, la culpa fue de Tolstoi

  1. Chema AdeM dijo:

    Se ha hecho larga la espera, pero y por fin ha regresado el Maestro Itinerante… Un fuerte abrazo tovarich…!!!

  2. Alfonso dijo:

    Hola amigo mío, que contento estoy de volver a saber de ti y disfrutar de tus fantásticos viajes. Un fuerte abrazo.

  3. Asun adiego dijo:

    Ohhhh menos mal, qué alegría , el maestro itinerante ha vuelto, oleeeee

  4. mactxaro2012 dijo:

    Qué alegría leerte de nuevo, Maestro!!!. Ya estoy impaciente esperando la próxima!!!

  5. M dijo:

    Vaya, ha vuelto el bloggero que no solo tiene algo que contar, sino que además sabe cómo hacerlo. Gusta….

  6. Pingback: Más Tolstoi, porque nunca es tarde para aprender a montar en bicicleta | El maestro itinerante

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